Sobre pandemias, derechos civiles y la redefinición del contrato social

IMAGE: SARS-CoV-2, CDC / Alissa Eckert, MS; Dan Higgins, MAM - Public Domain

A estas alturas, con medio mundo en estado de alarma y sometido a drásticas medidas de confinamiento, no es necesario decir que estamos viviendo un momento de trascendencia histórica, un episodio que marcará de manera indeleble nuestro futuro de muchas formas. No hablamos ya únicamente de la mortalidad o de la crisis económica que sin duda generará, sino de cambios mucho más profundos que deberemos hacer para prepararnos para un futuro que, de repente, ya no nos parece tan bonito.

El coronavirus nos ha hecho caer de la burra. Creíamos que disfrutábamos del mayor período de bienestar de la historia, y ahora sabemos que somos intensamente vulnerables, que vivimos en un planeta que estamos destrozando y convirtiendo en inhabitable para nuestra especie, y que nuestra actividad provoca mutaciones en microorganismos que, con cierta periodicidad, se convierten en patógenos peligrosos. Lo mejor que nos puede dejar esta pandemia es la evidencia de que las cosas no deberían volver a la normalidad, porque fue precisamente esa supuesta normalidad la que nos ha traído estas consecuencias.

¿Cómo viviremos cuando hayamos controlado la pandemia? Todo lo que estamos aprendiendo sobre el coronavirus debería ayudarnos para estar más preparados y entender los riesgos para siguientes episodios, que los habrá. Por el momento sabemos que actuar rápido es fundamental, que tapar las cosas, actuar como un imbécil o un irresponsable lo empeora todo, y que algunos países lo están haciendo mucho mejor que otros a la hora de aplanar la curva y contener la pandemia. Lo comentamos en su momento: lo de Estados Unidos era un desastre anunciado.

Sabemos ya positivamente lo que a principios de mes solo intuíamos: la enorme importancia de la prueba diagnóstica. Cuanta mayor disponibilidad de pruebas diagnósticas haya, más sencillas y más rápidas sean, mejor. La apuesta por diagnosticar mucho, constantemente a cuantos más ciudadanos sea posible es lo que está diferenciando a los países que logran contener la pandemia de aquellos que siguen viendo elevarse la cifra de contagios.

Pero además, debemos mantener las medidas de confinamiento de la manera más rígida posible, aunque ello nos parezca duro y difícil. Vale la pena escuchar a una persona que creció en una sociedad en la que los derechos civiles eran prácticamente una entelequia, Angela Merkel, hablar de cómo la situación actual los justifica. Y la cosa, en términos de derechos civiles, no solo se va a quedar ahí: si muchos se escandalizaron cuando vieron a China utilizar apps y geolocalización para controlar los movimientos de su población durante la expansión de la infección, ahora vemos cómo Hong Kong, Corea del Sur o Taiwan aplican principios similares: su éxito está siendo aceptar medidas de control poblacional que resultarían completamente inaceptables en circunstancias normales, y considerarlas ahora totalmente justificadas.

Ahora, con la pandemia ya más avanzada, el gobierno de los Estados Unidos, que se plantea incluso suspender algunos derechos constitucionales, pide información a Facebook, Google y otras compañías tecnológicas para pensar en implantar un sistema de control de la pandemia similar al implantado por China. Operadores de telefonía móvil europeos comienzan a compartir los datos de sus usuarios con las autoridades para identificar concentraciones y movimiento de clientes, por el momento, anonimizando los datos y respetando la legislación de privacidad – pero no descartemos que eso también cambie.

Necesitamos modificar el contrato social, y generar los mecanismos que permitan a los estados controlar tecnológicamente a toda su población – su estado de salud, sus movimientos, etc. – sin que esto suponga que renunciemos a nuestros derechos civiles cuando la situación excepcional termine. En el futuro, el cuidado de la salud va a cambiar drásticamente, y los dispositivos de control se harán fundamentales. Poder imponer una cuarentena de verdad efectiva sin imbéciles e irresponsables que pretenden de irse de vacaciones o a su casa de la playa, poder garantizar que una persona infectada permanece aislada o poder trazar los desplazamientos de alguien en el tiempo que pudo estar actuando como vector de la enfermedad se convierte en algo fundamental, pero sin que eso sirva para que, en nuestra vida normal, renunciemos a nuestros derechos y a nuestra privacidad y nos convirtamos en China.

Vamos a tener que hacer más cosas, y apalancarse en la tecnología para ello tiene toda la lógica. La cuarentena debe ser más estricta, la investigación debe permitirnos entender por qué algunas personas solo tienen síntomas leves mientras otras enferman gravemente o fallecen, aunque ello implique secuenciar el ADN de todos aquellos que se someten a una prueba. Y debemos aceptarlo como algo excepcional, como algo que únicamente tiene que servir para resolver una situación de crisis, sin que se convierta necesariamente en un retroceso en unos derechos civiles que costó mucho conquistar.

El coronavirus nos ha hecho conscientes de muchas cosas. Entre otras, que podemos parar el mundo ante un problema grave. Ahora, actuemos con la misma determinación para resolver otro problema más grave y que nos afecta a todos: la emergencia climática. Actuemos para cambiar la forma en la que nos administramos y convirtamos lo que ahora suena como forma de aliviar la crisis, los subsidios y ayudas temporales, en un sistema de red de seguridad, en una renta básica incondicional que mantenga a toda la población por encima del nivel de la pobreza, no solo ante una pandemia, sino de manera sistemática.

Momentos excepcionales justifican medidas excepcionales. ¿Cómo hacer que esas medidas no se conviertan en renuncias a derechos importantes cuando la situación de excepcionalidad termine? La única respuesta está en una redefinición razonable del contrato social. Para eso, y para otras muchas cosas que tendremos que hacer en el futuro.

Vayamos pensando en ello.



Enrique Dans
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