Reseteando la educación

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Laura Román, de Educación 3.0, me envió algunas preguntas por correo electrónico sobre el futuro de la educación, al hilo de lo que expongo en el capítulo 6 de mi libro «Viviendo en el futuro«, titulado «La buena educación», pero actualizándolo además con muchas de las experiencias que hemos vivido durante la pandemia.

La entrevista se titula «Ha fallado el sistema educativo y hay que cambiarlo de arriba abajo» (pdf), y en ella hablamos de todos los aspectos que la educación viene heredando del pasado, y de por qué cuesta tanto actualizar la forma de aprender para ser capaces de tener en cuenta el contexto en el que se desarrolla. Es preciso cuestionarlo todo, desde las metodologías basadas en la memorística – que por supuesto, no quiere decir que «no tengamos que sabernos nada», sino que no debemos enfocarnos en su memorización, que se produce de manera natural cuando se dan las condiciones oportunas – hasta las calificaciones, que resultan enormemente reduccionistas en su planteamiento actual y no se correlacionan en absoluto con ningún tipo de acontecimiento posterior.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Laura:

P. La tecnología cada vez está más presente en la educación, ¿hacia dónde tiende su futuro en el aula?
R. El futuro de la tecnología en la educación es el de dar lugar a un entorno en el aula que se asemeje al que hay fuera del aula. Si fuera del aula, en la sociedad, vivimos rodeados de smartphones, dispositivos y objetos programables, pretender que los alumnos aprendan las características del medio que les rodea por algún tipo de «ciencia infusa» o por su cuenta es una completa irresponsabilidad, La aproximación francesa de prohibir los smartphones en las aulas es una barbaridad: no se puede pretender que el colegio sea «una isla sin tecnología» en la que los alumnos sienten que tienen que hacer un downgrade cerebral para seguir aprendiendo como lo hacían sus bisabuelos. El futuro de la educación no es eliminar los smartphones, sino poner cargadores USB en los pupitres.

P. ¿En algún momento cree que el docente tendrá forma de robot?
R. Pensar en un docente robot es tan absurdo como pensar en una pizarra digital, pretender seguir haciendo exactamente lo mismo pero con tecnología. Esa aproximación no sirve para nada. No ganamos nada poniendo a un robot donde había un profesor. Sin embargo, sí podemos pensar en que muchas clases serán sustituidas por simulaciones en realidad virtual, por videojuegos inmersivos o por escenarios en los que el alumno interactúe con los elementos de aprendizaje. Aprender matemáticas visualizándolas en un mundo virtual, o historia participando en una batalla tiene unas posibilidades impresionantes, y definitivamente mejores que un profesor (persona o robot) soltándote un rollo para que tomes apuntes.

P. En el libro comentas cómo era la educación en la Edad Antigua pero, ¿ha cambiado mucho con respecto a la actual?
R. Desgraciadamente, no. La educación está espantosamente anclada en el pasado, una clase hoy es idéntica, salvo por cuestiones cosméticas, a una de las que sufrían nuestros bisabuelos. Ahora la pizarra no es de tiza, es digital, pero se usa exactamente igual. Solo practicamos la innovación incremental, no la disruptiva, cuando la realidad es que el mundo que está fuera del colegio sí ha cambiado una auténtica barbaridad. Estamos atrapados por la absurda idea continuista de que «si los niños no estudian como nosotros, es que no están estudiando», cuando la realidad es que la educación, en un mundo en el que toda la información está al alcance de dos o tres clics, debería haber cambiado radicalmente y enfocarse al desarrollo del pensamiento crítico, a diferenciar la información buena de la mala, a cualificar y contrastar fuentes, etc. y no a la memorización. Hoy en día, debemos memorizar lo que hemos aprendido más recientemente, lo que usamos más frecuentemente o aquello a lo que le adscribimos más valor (un algoritmo RFV), pero no pretender que «aprender es memorizar», porque eso no sirve absolutamente para nada más que para generar frustración.

P. ¿Cuáles crees que son los factores que han impedido que la Educación evolucione?
R. La educación está presa de un continuismo absurdo, en el que tienen un papel muy destacado los políticos con miedo al cambio y con interés por editorializar los libros de texto, los profesores inseguros, y unos padres que discuten todo lo que no se parece a como aprendían ellos. En lugar de replantear la educación en función de los muchísimos parámetros nuevos que la rodean, pretendemos introducir modificaciones pequeñas y sin sentido, cosméticas, y en realidad, seguir haciéndolo todo igual. El resultado es un fracaso monumental, y una inadaptación total de la metodología educativa a como se debería aprender en el entorno tecnológico actual. Eso genera frustración y desmotivación en los alumnos, y un enorme lucro cesante para toda la sociedad.

P. A tu juicio, ¿crees que debería cambiar la manera de educar (pedagogía, metodología, otros factores…)?
R. La educación tendría que cambiar de manera radical. Deberíamos introducir el smartphone y otros dispositivos en el aula, eliminar los libros de texto (físicos o digitales, me da igual, son igual de malos) y todo lo que se parezca a una fuente única de conocimiento, y educar a los niños en la búsqueda de información, dejando que se equivoquen y que encuentren información errónea, para que aprendan a desarrollar su sentido crítico, a reconocer cuando una fuente es fiable o está sesgada, etc. El pensamiento crítico es lo que más tenemos que desarrollar como sociedad. Además, tenemos que reflexionar muchísimo sobre el objetivo de la educación, que no es preparar a los alumnos para que trabajen, sino prepararlos para que sean felices, para que puedan hacer cosas que les motiven, para que aprendan aa conocerse y a saber a qué se deben dedicar. Debemos reforzar las disciplinas tecnológicas, es absurdo que un alumno no sepa programar cuando vive rodeado de objetos programables, pero también – y posiblemente más – las disciplinas humanísticas, las que nos diferencian de las máquinas.

P. ¿Qué conceptos o herramientas habría que introducir?
R. La educación tiene que experimentar su transformación digital. Tenemos que luchar por disponer de cada vez más variables que nos permitan medir el desarrollo del alumno de manera continua e hiper-personalizada. Que un profesor se limite a corregir exámenes o trabajos es una barbaridad, se está perdiendo muchísima riqueza sobre ese alumno, que no tiene por qué parecerse a los que le rodean, que puede tener características completamente diferenciales que pueden potenciarse. Reducir al alumno a una calificación es tremendamente empobrecedor, simplista, y además, no sirve para nada como elemento predictivo. Los mejores alumnos no son los que mejores notas sacan, ni de lejos, y lo sabemos desde hace muchísimo. Hay que personalizar la educación y retirar de la metodología mucho de su espíritu competitivo, porque sabemos que lo que más fomenta la innovación y las capacidades no es la competición, sino la cooperación (el código abierto ha generado los ecosistemas más innovadores de la historia). Competir por las notas es injusto y absurdo.

P. En el libro también hablas del término ‘digitalización real’ cuando te refieres a la educación, ¿en qué consiste?
R. Digitalización real es entender que lo que buscamos son variables que nos permitan monitorizar y enriquecer el proceso de aprendizaje, no simplemente pensar que «ya somos digitales porque hemos puesto pizarras digitales que seguimos usando igual que cuando eran analógicas». Debemos recoger toda la información sobre el alumno, sobre lo que le motiva y le hace conectar o sobre lo que le aburre y le desconecta, con el fin de adaptar las variables metodológicas a sus características, de posibilitar que aprenda de manera natural, sin forzar la repetición constante o la memorización.Pero sobre todo, enseñar a los alumnos a manejarse en entornos digitales, a sacar partido al mundo que les rodea (que ya está enormemente digitalizado), y a desarrollar criterio y pensamiento crítico

P. ¿Deberían desaparecer las calificaciones? ¿Cómo se debería evaluar?
R. Las calificaciones entendidas como lo hacemos actualmente son enormemente reduccionistas y empobrecedoras. Tenemos que replantearnos el fin de la educación, y pensar si nuestros sistemas de calificación contribuyen de alguna manera a esos fines. Yo, sinceramente, creo que no, que las calificaciones son una gran mentira colectiva que todos aceptamos, algunos por un mal entendido corporativismo («si yo tuve que pasar por ese examen, que pasen todos») o porque no sabemos diseñar una metodología mejor. Pero sobre todo, y más importante, las calificaciones son una fuente injusta de discriminación y de frustración, porque ni todas las personas aprenden igual, ni deben ser evaluadas igual. Lo que tenemos que plantear es que la educación se convierta en un proceso individualizado que se adapta a las capacidades del alumno, y le permiten desarrollar sus habilidades, su aprendizaje y sus posibilidades en el futuro.

P. ¿Qué reflexiones haría sobre cómo la pandemia y el confinamiento han afectado a la educación?
R. La reflexión fundamental es hasta qué punto la pandemia ha evidenciado los graves problemas y carencias de la educación. La pandemia ha forzado a las instituciones a poner en marcha una transformación digital en situación de emergencia, a adelantar dramáticamente todo lo que no habían hecho anteriormente, lo que ha llevado a que únicamente las instituciones que de verdad se habían tomado en serio esa transformación digital hayan estado a la altura. El problema no ha estado en las herramientas, que han funcionado perfectamente, sino en la evidencia de que hay maneras de impartir clase y de enseñar que están tan profundamente anticuadas, que resulta completamente imposible plantearlas en un entorno digital. Argumentar que los profesores no tenían suficiente entrenamiento es completamente absurdo: las herramientas son ya tan sencillas, que hasta los abuelos son capaces de utilizarlas. No es un problema de profesores, ni de medios, salvo en aquellos casos en los que los protagonistas se encontraban en el lado malo del digital divide, del «tener o no tener»: ha sido un problema de actitudes, de incapacidad manifiesta para replantear la forma de enseñar. No, una clase online no se puede plantear como un «hago lo mismo pero delante de la cámara», ni con un «cuelgo unos materiales para que se los descarguen cuando les dé la gana», ni menos aún como un «envío deberes por correo electrónico». Hay que hacer mucho más, y mucho mejor.

P. ¿Cómo cree que afectará esta crisis al futuro de la educación? ¿Qué papel tiene que asumir la tecnología en todo ello?
R. La crisis debería convertirse en la campana que nos avisa de la necesidad de cambios drásticos. La enseñanza memorística no tiene ningún sentido, hay que enseñar a buscar, a hacer, a pensar, a cualificar la información. Hay que eliminar para siempre el libro de texto y sustituirlo por trabajo de selección en la red. Hay que introducir las herramientas online en los programas y las clases, porque ya hemos comprobado fehacientemente que los alumnos no solo no eran «nativos digitales», sino que en muchísimos casos, no tenían ni maldita idea ni de las nociones más básicas del trabajo en red. Hemos evidenciado que la distancia entre lo que la enseñanza genera y las necesidades del mundo actual es tan, tan grande, que debería darnos auténtica vergüenza llevar tantos años haciéndolo tan rematadamente mal. La tecnología, cuando la hemos necesitado, ha estado completamente a la altura y nos ha ofrecido herramientas con prestaciones que estaban muy por encima del uso que sabíamos hacer de ellas, y a un precio además completamente ridículo. Lo que ha fallado ha sido la educación. Y hay que cambiarla urgentemente, porque durante varios años, vamos a necesitar recurrir a esa tecnología para seguir enseñando con normalidad.

P. ¿Está preparada la educación para la etapa post-pandemia? ¿Y los docentes y el alumnado?
R. La etapa post-pandemia se va a caracterizar por la enseñanza líquida: la educación tendrá que desplazarse constantemente entre lo presencial y lo online cada vez que haya un rebrote, que un alumno tosa o que tenga que confinarse por precaución tras haber estado al lado de una persona que haya dado positivo. Tendremos que vaciar las aulas hasta la mitad o una tercera parte, y eso obligará a que desaparezca la diferencia entre asistir a una clase en el aula o en la red: que una persona que por la razón que sea asiste desde su casa, disfrute de una experiencia idéntica a la que tendría en clase, bidireccional, con posibilidad de intervenir activamente al mismo nivel, de preguntar dudas, de participar, de ver al resto de la clase y al profesor con una calidad adecuada… la enseñanza líquida es el gran reto, y quienes no lo sepan plantear se encontrarán en graves problemas.

P. ¿Qué cambios debe asumir de cara al futuro?
R. Asumamos que la educación debe cambiar completamente, de arriba a abajo: debemos reimaginar completamente sus objetivos, sus metodologías, sus herramientas, su forma de aprender, su evaluación… todo. Quien no lo entienda así, debería retirarse y no molestar. Las generaciones del futuro nunca deberían dedicarse a hacer la estupidez de memorizar lo que viene en un libro para vomitarlo delante de un papel en blanco, ni de creer que son más cultos porque se saben más cosas de memoria. Es necesario un replanteamiento radical.



Enrique Dans
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