Reconocimiento facial y regulación

IMAGE: Teguhjatipras - CC0 Creative Commons

La ciudad de San Francisco, considerada por muchos la auténtica meca de la tecnología, se convierte en la primera ciudad norteamericana que acuerda la prohibición del uso de la tecnología de reconocimiento facial por parte de la policía y otras autoridades, en lo que supone un importante paso en contra de la tendencia a implantar esta tecnología en cada vez más situaciones que las autoridades estatales estaban llevando a cabo.

Las autoridades municipales han concluido que el hecho de que los ciudadanos tengan que asumir que están siendo vigilados en cada uno de sus actos en lugares no es psicológicamente sano, y que, además, hablamos de una tecnología con muchos errores y limitaciones como para confiar en ella en cuestiones tan delicadas como la seguridad. La decisión de San Francisco representa tan solo un primer paso si consideramos que la prohibición afecta únicamente a las autoridades municipales pero no afecta al uso que puedan hacer de la tecnología compañías privadas, pero no resulta sorprendente considerando que San Francisco, por el hecho de ser la cuna de una gran cantidad de tecnologías, sea seguramente el entorno mejor preparado para entender los efectos de su despliegue.

El uso habitual del reconocimiento facial supone un dilema moral para las compañías tecnológicas, en el que la mayoría de ellas se han inclinado, a pesar de, en muchos casos, la resistencia de sus trabajadores, por satisfacer las peticiones de la demanda y vender al mejor postor. Su importantísimo despliegue en países como China o los planes en distintas fases de desarrollo para Singapur o el Reino Unido la convierten en algo que va más allá de ser simplemente un despliegue tecnológico, y la tornan en una característica definitoria de las sociedades en las que vivimos o queremos vivir. Frente a la resignación de algunos que consideran ese tipo de tecnología un mal necesario que deberíamos aceptar a pesar de sus errores, surge una presión ciudadana cada vez mayor que demanda su cuidadosa regulación o que trata de proponer herramientas para dificultar su uso, planteándola como algo que ha avanzado demasiado rápido y que no ha llevado aparejado un proceso de reflexión colectiva sobre las contrapartidas de su uso.

Una cosa es posibilitar que tu ordenador, tu smartphone o la cámara de seguridad que tienes en tu casa reconozcan tu imagen y la utilicen para desbloquearse o para no enviarte alarmas cuando eres tú mismo el que pasa por delante de ellas, y otra muy diferente hacer posible la localización y captura de cualquier persona que deambule por una ciudad gracias a una fotografía o vídeo. Las consecuencias de lo primero pueden ser la comodidad o la conveniencia, las de lo segundo son la creación de un auténtico estado policial en el que posiblemente los delincuentes puedan tenerlo marginalmente más difícil, pero donde también exponemos a toda la población a un nivel de control injustificado y seguramente injustificable, además de a toda una amplia gama de posibles fallos con consecuencias potencialmente muy importantes.

Sin esa reflexión previa sobre el uso de la tecnología, sin garantías que eviten su uso para el desarrollo de una distopía o de una auténtica sociedad de la vigilancia, la decisión de San Francisco parece muy prudente y adecuada, y puede funcionar como un ejemplo para muchas otras ciudades o países que estén en proceso de reflexión sobre su adopción.



Enrique Dans
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