Reconocimiento facial: cuando la tecnología avanza demasiado rápido

IMAGE: D-ID

Ayer, en el Netexplo Innovation Forum 2019 en la UNESCO, tuve la oportunidad de participar en la presentación de una de las compañías premiadas a las que había puntuado mejor en el proceso de selección, la empresa israelí D-ID, y de conocer a uno de sus co-fundadores, Gil Perry. La compañía, fundada hace unos dos años, se dedica a la “des-identificación” de fotografías: sus algoritmos generan modificaciones imperceptibles en las fotos que impiden que las caras que se muestran en ellas sean reconocidas por los algoritmos de reconocimiento facial, lo que permite utilizarlas sin miedo a ser incluidos en bases de datos que posibiliten su identificación posterior. El concepto es importante, porque como la propia compañía dice, podemos cambiar nuestras contraseñas, pero no podemos, al menos de manera sencilla, cambiarnos la cara.

La fotografía, a todos los efectos humanos, sigue mostrándonos a nosotros, pero pequeñas alteraciones, por ejemplo, en la distancia de los ojos o en otros rasgos hacen que las características biométricas capturadas por los algoritmos de reconocimiento facial sean erróneas, y que la foto, en realidad, no se corresponda con nuestra identidad. Aunque nos muestra a nosotros y cualquier persona podría reconocernos en ella, los parámetros biométricos que muestra son erróneos, y por tanto, en caso de ser introducida en una base de datos de identificación, no permitiría que se nos identificase.

En un entorno en el que Facebook, por ejemplo, posee ya la mayor colección de fotografías asociadas con identidades del mundo, y en el que vivimos permanentemente rodeados de cámaras que captan nuestra imagen en cada momento, tener la posibilidad de eliminar la asociación entre nuestra identidad y una fotografía nuestra ofrece grados de libertad sumamente interesantes, y nos devuelve, en cierto sentido, el control sobre una tecnología que, en palabras de su fundador, “se ha desarrollado demasiado rápido”, sin que tuviésemos tiempo de plantearnos todas sus implicaciones. Más aún, el uso de una tecnología así permite el “envenenamiento” de la base de datos: si una persona comienza a subir fotografías etiquetadas con su nombre a Facebook, la compañía pasa a tener varias imágenes con distintas características biométricas asociadas a esa persona, lo que también dificulta su uso para una eventual identificación.

El proceso de des-identificación de una fotografía se lleva a cabo rápidamente, y puede ser fácilmente incorporado a cualquier otro procedimiento, antes de subir una imagen a una red social, o para imprimir, por ejemplo, una fotografía que entreguemos para hacernos un documento de identidad. Paradójicamente, utilizar una fotografía en nuestro documento de identidad o pasaporte modificada mediante D-ID sería sencillo, pero podría impedir su uso, por ejemplo, al pasar por una puerta automatizada en un aeropuerto, cuando ese mismo proceso llevado a cabo de forma manual no nos generaría ningún tipo de problema.

La compañía, basada en Tel-Aviv, captó el año pasado cuatro millones de dólares de financiación, y tiene ya varios clientes que incorporan su tecnología. La idea de la compañía es que esta tecnología esté disponible para todo aquel que quiera utilizarla, devolviendo así a los usuarios una parte del control sobre su privacidad.

El concepto de “des-identificación” me ha resultado sumamente interesante, y también la idea de intentar poner bajo control tecnologías que se desarrollan a tanta velocidad, que desencadenan procesos o posibilidades que no nos habíamos llegado a imaginar hace tiempo. Sobre todo, me ha interesado la posibilidad de eliminar la demonización del acto de compartir: la idea de decir a los usuarios que no compartan sus fotografías en las redes sociales porque eso permite que se les identifique o genera algún tipo de efectos nocivos sobre su privacidad no me gusta, atenta contra algo tan natural como compartir un recuerdo. Dedicarse a ir por los colegios explicando a los niños que bajo ningún concepto deben subir sus fotos a una red social genera una sociedad paranoica, temerosa y obsesionada, algo completamente innecesario cuando esos problemas pueden ser razonablemente puestos bajo control llevando a cabo un proceso muy sencillo antes de subir la fotografía. Un grado de libertad en manos del usuario que, de otra manera, no podríamos tener. Si además, el concepto de la compañía es que su tecnología esté disponible en cuantos más soportes posibles, mejor aún.



Enrique Dans
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