¿Puede el capitalismo ser redefinido?

IMAGE: Wall Street (2011) - E. Dans (CC BY)

Una propuesta de Omidyar Network, la organización de inversión filantrópica creada por el fundador de eBay, Pierre Omidyar, titulada «Our call to reimagine capitalism in America« (pdf).

El documento propone a los líderes del país un marco conceptual de cinco pilares para redefinir el capitalismo, que incluyen cimentar la economía en nuevas ideas, valores compartidos y derechos inalienables, y construir una economía explícitamente antirracista e inclusiva que tenga en cuenta el contexto creado en el siglo XXI, con un papel central de la tecnología, pero sujeto a pandemias globales, a una crisis medioambiental, a la globalización, la degradación de la confianza y la promoción del miedo. Ninguno de estos elementos tenían la influencia que tienen ahora cuando la versión actual del capitalismo fue acuñada en las décadas de los ’40 y los ’50, y alguna de sus revisiones posteriores, concretamente el neoliberalismo de la escuela de Chicago, contribuyó de hecho a acelerar muchos de sus problemas. No, los mercados no corrigen los problemas, y de hecho, no se corrigen ni a sí mismos. Los mercados no son una entidad sacrosanta inalterable: pueden ser redefinidos o limitados. Y por supuesto, regulados por las mismas sociedades que los crearon.

Que el marco económico actual no es capaz de dar respuesta a los problemas de este siglo es una evidencia palmaria. El fallido experimento del capitalismo neoliberal termina en Chile, el país que más a rajatabla aplicó sus doctrinas, y que más rápido ha encontrado su sinsentido y sus limitaciones.Que las propuestas de revisionismo no vengan de los tradicionalmente considerados como «enemigos del capitalismo», como el comunismo o el socialismo, sino de organizaciones como la mayor asociación de CEOs de grandes compañías norteamericanas, la Business Roundtable, de fondos de inversión como BlackRock o de la propia Omidyar Network, y que se publiquen en revistas como Harvard Business Review, Fortune, el World Economic Forum, el New York Times o Forbes resulta ya un poco más sorprendente, y confirma la impresión de todos el mundo menos de algunos trasnochados recalcitrantes: la interpretación neoliberal del capitalismo no responde al contexto actual, y redefinirlo es fundamental no solo si queremos que el capitalismo sobreviva, sino si queremos dar respuesta a los desafíos existenciales de nuestro siglo.

El problema, claro, es cómo pasar de los artículos teóricos a los hechos. ¿Puede el capitalismo, un sistema fundamentalmente orientado a su preservación, con métricas propias y con décadas de experiencia, ser redefinido? ¿Cómo pasar de la fase de reconocimiento del problema a la imperiosamente necesaria fase de las soluciones?

El primer obstáculo importante, de hecho, proviene del planteamiento de una dualidad: en el imaginario colectivo, el capitalismo es lo que se contrapone a doctrinas colectivistas como el comunismo o el socialismo. En la práctica, esa dualidad fue en gran medida condenada al olvido tras la caída del muro de Berlín, y tiende a ser utilizada ya mucho más como imaginario monstruo para asustar a los niños. Ninguna de las citadas organizaciones revisionistas del capitalismo tienen absolutamente ningún atisbo de mirar en esa dirección, y sí de pretender que el capitalismo, con las adecuadas correcciones, pueda funcionar como una fuerza equilibradora que corrija los problemas que él mismo ha creado. En el fondo, una parte muy importante de la sociedad reconoce al capitalismo el mérito de haber traído al género humano hasta su momento de máxima riqueza y civilización, mucho más allá de lo que alternativas como el comunismo o socialismo nunca llegaron. El problema es que ni fue capaz de ofrecer una solución a una desigualdad cada vez más sangrante y creciente, ni mucho menos plantear con un mínimo de sensibilidad el problema de la sostenibilidad. Si no fuera por el escasísimo control ejercido por algunos, Volkswagen seguiría tranquilamente haciendo lo que hacía, y seguiría siendo considerada una empresa modélica.

El segundo problema surge de las fortísimas estructuras de lobbying creadas por el propio capitalismo. Todo en nuestra sociedad, desde la actividad empresarial a la política, está entrelazado en vastas redes clientelares que se sirven unas a otras, y que se definen claramente en esa nociva idea de «los beneficios para los accionistas», en ese shareholder capitalism que resulta fundamental evolucionar a stakeholder capitalism. Redefinir el capitalismo implicaría no solo alterar ese balance, sino hacer desaparecer muchas de las razones de su propia existencia, particularmente en sectores de la actividad económica tan importantes como la energía, los combustibles fósiles, la construcción, la automoción, la ganadería o la agricultura. Para el ciudadano actual, tratar de imaginarse una sociedad no obligada a un crecimiento constante sino a uno fundamentalmente responsable y sostenible es una tarea compleja que requiere educación.

El tercer gran problema es tecnológico, y está representado por el desarrollo, a lo largo de las dos últimas décadas, de un capitalismo de vigilancia, que alcanza su máximo exponente cuando se vincula a la vigilancia del ciudadano por parte del estado como en el caso de China – ¿de verdad queda alguien dispuesto a calificar a China como país comunista?- pero que en Occidente también ha logrado introducirse en los mecanismos de lobbying y ha sabido maniobrar para consolidar su ventaja, aún con evidentes diferencias entre los escenarios que vive en la Unión Europea y los Estados Unidos.

El último, pero posiblemente más importante obstáculo no es otro que las fronteras. La división del mundo en entidades soberanas cuya supuesta misión es proporcionar mayor nivel de bienestar a sus ciudadanos en competencia directa por los recursos con el resto de países ha convertido nuestro planeta en un infierno en el que si algo falta, precisamente, son mecanismos supranacionales de control. En ese ámbito es en el que se expresan las mayores carencias de cara a una redefinición del capitalismo: países que reclaman su supuesto derecho histórico a producir más dióxido de carbono para desarrollarse, otros que se niegan a reconvertir su tejido energético o a modificar sus esquemas tributarios, paraísos fiscales que ofrecen refugio a capitales que deberían ser objeto de tributación en sus países de origen, políticas medioambientales más o menos proactivas o inactivas… una amplia variedad de estrategias completamente imposibles de consensuar, que llevan a muchos escépticos a afirmar, simplemente, que los problemas del planeta, incluso aquellos que nos abocan a nuestra propia destrucción como especie, carecen de solución.

¿Puede el capitalismo ser redefinido? Sin, duda, como creación humana que es, puede serlo, y de hecho, llevamos ya tiempo presenciando intentos de hacerlo «desde dentro», en forma de redefinición del capitalismo hecha por capitalistas. ¿Se va a dejar redefinir? En absoluto, o al menos, no sin una enconada resistencia. En el caso de la Omidyar Network, han tenido de hecho la precaución de encuadrar el problema como exclusivamente estadounidense, conscientes de que esa redefinición es prácticamente imposible o excesivamente idealista plantearla a nivel global, y esperando que si la empresa triunfa en la cuna del capitalismo moderno, pueda ser más tarde exportada al resto del mundo. Pero redefinir el capitalismo implica enfrentarlo consigo mismo, ya no con los trasnochados ultraliberales – algo de lo que se encargará la siguiente generación – sino con los obstáculos que el propio capitalismo ha sido capaz de construir. Mientras no tengamos claro dónde está el enemigo, mal vamos a poder negociar su capitulación.



Enrique Dans
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