Pandemias, mascarillas y sentido común

IMAGE: FFP2 face mask

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Las mascarillas funcionan. Nosotros no» (pdf), y es un intento de explicar parte de lo que, desde el punto de vista de un simple biólogo, está ocurriendo en España con la transmisión de la pandemia de COVID-19.

En apariencia, España es un país modélico: según las estimaciones de compañías como Apple o Google a partir de nuestros smartphones, la ciudadanía respetó el confinamiento de manera excepcionalmente disciplinada y estricta. Las mascarillas se utilizan de manera mayoritaria; es raro ver a alguien sin ella por la calle, una visión mucho más habitual en otros países. Nuestra sanidad está entre las mejores del mundo y tiene una cobertura universal. Podemos tener problemas de coordinación entre autonomías y de contabilización de los datos, sin duda, pero en general, parece difícil explicar qué lleva a que, en un país así, las cifras de contagios y de fallecimientos se sitúen entre las más elevadas del mundo.

En España han fallecido hasta el momento por COVID-19 nada menos que 661 personas por cada millón de habitantes, tan solo por detrás de la terrible cifra de Perú (955) o de Bélgica (858), y en este momento, varias zonas del país se encuentran entre los focos más activos del mundo. La perspectiva de las cifras puede engañar: países como los Estados Unidos, India o Brasil han generado obviamente muchas más víctimas y contagios, pero tienen también muchos más habitantes. En términos de gestión, las cifras de España evocan cualquier cosa menos las de un país desarrollado.

El problema, mucho me temo, es de educación. España, como otros países latinos, mantiene habitualmente una actividad social muy superior a la de otros países: los españoles se reúnen constantemente, sea en un bar, en un pub, en un restaurante o en una casa. Las reuniones con amigos y con familia, o las visitas a lugares públicos concurridos son parte de la vida cotidiana, y únicamente desaparecieron durante el período de confinamiento estricto, en el que, efectivamente, las cifras mejoraron rápidamente. Por mucho que los informativos se empeñasen en hacer hincapié en los imbéciles e irresponsables que vulneraban las medidas de aislamiento, repito, en general, esas medidas se respetaron de manera modélica.

¿Qué ocurrió a partir de ahí? Con la idea de reactivar la economía, volvimos a una cierta normalidad. Llegó el verano, las vacaciones, el ocio, la familia… y pudimos ver cómo la mayoría de la gente utilizaba su mascarilla. O al menos, eso parecía. En un examen más detallado, lo que vemos es que la gente, efectivamente, lleva su mascarilla, pero ¿cómo? No es fácil ver a alguien sin ella, pero sí ver que la llevan en el cuello, o con la nariz fuera, o sobre todo, que se la quitan constantemente, sea para comer o beber, para fumar, o para hablar y que se les entienda mejor. Esa mascarilla que muchos llevan puesta por la calle se convierte en lo primero que desaparece en cuanto te sientas en la mesa de un restaurante, en una terraza, o por supuesto, en cuanto entras por la puerta de una casa.

La situación refleja un grave desconocimiento de las medidas de control y prevención de una pandemia. No, los virus no saben si llevas mascarilla o no. No saben nada. Simplemente, si estás infectado, salen de tu sistema respiratorio en forma de minúsculas gotas de aerosoles que permanecen suspendidas en el aire, sobre todo en lugares cerrados, durante bastante tiempo, y en ocasiones, son captadas a través de la boca o la nariz por otras personas. Esas personas que se quitan la mascarilla o dejan su nariz fuera «porque les agobia», «porque les da calor» o «porque les molesta» tienen que ser conscientes de que llevar la mascarilla «a medias» no sirve para nada, porque su sistema respiratorio sigue siendo vulnerable. Los ojos lo son también, pero la transmisión de un virus respiratorio es, sobre todo, a través de las mucosas respiratorias, no tanto a través de la mucosa ocular o a través de superficies.

Si te contagias con COVID-19, tienes una elevadísima probabilidad de hacerlo a través de tu boca o tu nariz. Llevar una mascarilla bien puesta lo evita. Pero llevar una mascarilla bien puesta quiere decir llevarla bien puesta todo el maldito tiempo cuando estés con otras personas con las que no convivas, sobre todo en lugares cerrados o poco ventilados. Porque por mucho que esas personas puedan ser tus amigos del alma o tu familia, no puedes de ninguna manera responder de todos sus actos, de todas las personas con las que han estado en contacto, o de su seriedad, a su vez, en el uso de la mascarilla. Y si no puedes responder de la suya, tendrás que responder al menos de la tuya, y usa la mascarilla como si te fuera la vida en ello. Porque, de hecho, te va la vida en ello.

España engaña. Aparentemente, todos llevamos mascarilla. Pero la llevamos por la calle, un entorno abierto y ventilado en el que el contagio es difícil. No imposible, pero difícil. Y en cambio, nos la quitamos al entrar en un bar, al sentarnos en una terraza (bien ventilada, pero con más proximidad y una permanencia larga), y por supuesto, en un pub con música alta, en una casa o en una oficina. Aún no he visto a nadie que, en una visita a casa de amigos, los reciba con la mascarilla puesta, y mucho menos que se la deje puesta durante la visita. Así, las reuniones familiares y con amigos se han convertido, junto con el ocio nocturno, en los grandes transmisores de la pandemia, y han llevado las cifras a lo que ahora estamos viendo.

No es la mascarilla: la mascarilla funciona perfectamente, por mucho que digan los estúpidos e irresponsables negacionistas que pretenden que su opinión vale tanto como la tuya, que su patética ignorancia vale tanto como nuestros datos o nuestra investigación rigurosa, como lo que afirma la ciencia. Las mascarillas son enormemente eficaces a la hora de reducir la transmisión del virus… pero para ello, hay que usarlas bien, y sobre todo, en todas las situaciones en las que esa transmisión puede producirse.

Soy el primero en quejarme de la mascarilla: tras varias horas de clase hablando constantemente y con la mascarilla puesta, tengo la sensación de llevar horas «respirándome a mí mismo», tragando mi propio CO2, me noto mucho más cansado, más agobiado, y estoy loco por quitarme esa cosa de la cara. Además, perjudica mi gestualidad, la transmisión de lo que digo, y si tratar de entender todos los acentos de mis alumnos cuando participan ya era de por sí complicado en ocasiones, con la mascarilla puesta se convierte en un verdadero reto. Odio la mascarilla como si no hubiera un mañana. PERO NO ME LA QUITO NI ME DEJO LA NARIZ FUERA PARA RESPIRAR MEJOR, porque si me pongo a respirar sin impedimentos en una clase cerrada en la que estoy respirando el mismo aire que varias decenas de personas de cuyos hábitos no puedo responder, es también mucho más fácil que me infecte. Salgo de clase agotado, harto e irritado. Pero no me quito la puñetera mascarilla, y estoy todo el rato pendiente de que ajuste bien. Que en algunos países de Latinoamérica la llamen «tapabocas» no quiere decir que sea solo para tapar la boca.

Soy persona de riesgo, porque tengo afecciones cardíacas y todo indica que la infección del virus tiende a provocar complicaciones en ese sentido. Mi padre, mi madre y mi hermana, que viven en La Coruña, son ahora positivos: estoy enormemente preocupado, veo silbar las balas a mi alrededor, y veo cada vez a más amigos y conocidos que también se contagian, algunos asintomáticos, otros no. Puedo contagiarme como cualquiera, por supuesto, pero os aseguro que no será por no haber extremado las precauciones o porque me haya relajado con la mascarilla. Aunque me moleste muchísimo llevarla.

Dejemos de jugar a epidemiólogos o a biólogos si no lo somos, por favor. No discutamos las evidencias científicas como si fuéramos eminencias con un estudio que respalda todo lo que decimos, o como si fuéramos el papa cuando habla ex-cátedra… porque no lo somos, y ESTO ES UNA COSA MUY SERIA. La mascarilla no solo funciona muy bien, sino que a día de hoy, es la mejor manera de prevenir una infección. Pero para eso hay que llevarla bien, no para que nos vean, ni para cumplir un requisito, ni para evitar una multa.

Hay que llevarla convencidos de que ese pedazo de tejido es lo que se interpone entre los virus y nuestras mucosas respiratorias, y hay que conseguir mantenerla ahí todo el tiempo que sea necesario, aunque estemos con amigos o con familia no conviviente, aunque nos moleste, aunque haga calor o aunque se nos entienda mal cuando hablamos. El problema de España están siendo esas reuniones familiares o con amigos en las que no lleva mascarilla nadie, en lugares muchas veces cerrados y sin ventilar, en oficinas, en bares o en locales de ocio. Necesitamos mucha más educación, más insistencia en lo verdaderamente importante, que no es que «si no la llevas te multo», sino «si no la llevas, te contagiarás», por esto, por esto y por esto. Llevamos la mascarilla porque nos lo han dicho, no porque lo entendamos, porque creamos en ello o porque lo internalicemos.

Y así nos va.



Enrique Dans
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