No todas las volatilidades son iguales

IMAGE: Bitcoin in circulation

Llevo un cierto tiempo pensando sobre el problema que para muchos supone, cuando hablamos de la evolución del dinero hacia las criptomonedas, el problema de la volatilidad. Es, sin duda, una de las grandes objeciones que se pone a su adopción: la dificultad que supone confiar en una moneda cuyo valor oscila de una manera tan acusada a lo largo del tiempo.

En el tiempo que llevamos escuchando hablar acerca del bitcoin, cuyo paper original data de finales de 2008 y su primera transacción, de principios de 2009, hemos visto su valor en dólares o euros elevarse por encima del 15,000%, con oscilaciones relativamente importantes en varios momentos en el tiempo derivados de incrementos significativos en su curva de adopción. Esas oscilaciones se deben a procesos de comunicación social de muchos tipos, en función del flujo de noticias o de la actividad de quienes deciden incorporarse a su adopción.

En contraste, la paridad entre, por ejemplo, el dólar o el euro, únicamente ha variado en el entorno de unos pocos puntos porcentuales. Este contraste lleva a muchos a calificar al bitcoin como una moneda enormemente volátil, y por tanto, descalificarla para su uso transaccional y considerarla, como mucho, una reserva de valor, sujeta además al riesgo sistémico que surge cada vez que una figura de autoridad se pronuncia sobre ella o cuando un gobierno toma decisiones susceptibles de afectarla. ¿China Habla de prohibir la minería de bitcoins? El bitcoin baja. ¿Elon Musk usa parte de las reservas de Tesla para comprar bitcoin? El bitcoin sube. ¿Janet Yellen califica el bitcoin de extremadamente ineficiente? El bitcoin vuelve a bajar. Una volatilidad que sirve a muchos para plantearse un uso especulativo, y a otros para simplemente recelar de un fenómeno que perciben como sujeto a un importante nivel de riesgo.

¿Dónde está el problema? Simplemente, en que la volatilidad del bitcoin es completamente estructural y parte de un proceso: el bitcoin, por la propia naturaleza de su algoritmo, consta de una cantidad fija de unidades, veintiún millones, de las cuales, como vemos en la gráfica inicial, se han emitido ya cerca del 90%. Durante ese tiempo, el proceso de adopción del bitcoin está sujeto a factores sociales y legislativos de todo tipo y condición, que si bien no afectan al mecanismo de la moneda como tal, si provocan, como ya hemos visto, fluctuaciones temporales a veces importantes en su volatilidad. Sin embargo, el algoritmo es el algoritmo: imperturbable, pura matemática, y nada de lo que diga ningún legislador puede realmente afectarlo en el largo plazo. Un país puede empeñarse en prohibir el bitcoin, sí, pero en la práctica, estaremos hablando del mismo tipo de fenómeno que ocurre siempre cuando alguien pretende impedir el desarrollo de una tecnología: si su propuesta de valor es estimada como adecuada por un número suficiente de usuarios, esa prohibición resulta inútil e imposible. El hecho tecnológico como tal es imposible de detener. Y dado que la propuesta de valor del bitcoin en el largo plazo – una moneda con reglas autocontenidas, política monetaria y reglas de consenso implementadas por software, y con un valor independiente no afectado por la actuación o las decisiones de ningún actor en concreto – es clara, inequívoca y estimada como interesante por muchos, el proceso continúa.

¿Qué ocurre, por tanto, mientras el proceso continúa? Que la volatilidad es, simplemente, un reflejo del mecanismo de adopción del bitcoin. Dado que no todo el mundo entiende su funcionamiento ni toma la decisión inmediata de considerarlo como la evolución futura del dinero, se genera una volatilidad implícita, que continuará mientras su proceso de fijación de precio no se estabilice. Ese proceso de fijación de precios, por tanto, no ha culminado debido a que, por un lado, no se han emitido aún todos los bitcoins y, por otro, no se ha adoptado todavía. ¿Qué ocurre a medida que se emiten todos los bitcoins y más y más personas y entidades son conscientes de su propuesta de valor? Que su uso se incrementa, el proceso de fijación de valor converge, y pasa a tener un valor como moneda transaccional. Estamos, simplemente, presenciando ese proceso.

¿Qué ocurre con las monedas como el dólar o el euro? Simplemente, que su volatilidad es de otro tipo. En realidad, hablamos de monedas que responden a las decisiones de los gobiernos de un país o países, que deben en muchos casos hacer frente a circunstancias de muchos tipos – catástrofes naturales, pandemias, rescates, otras necesidades de fondos, o simplemente la necesidad de «reactivar la economía» – y que, por tanto, forman parte de un sistema imperfecto, en el que se hace preciso seguir generando dinero y provocando una inflación entendida como supuestamente «sana», con todo lo que ello conlleva de incremento de la desigualdad. En realidad, las monedas como el euro o el dólar, aunque nos proporcionen una falsa sensación de estabilidad – en parte aún sujeta a la falsa creencia de muchos de que tienen unas supuestas reservas detrás – son, como tales, mucho más inestables y sujetas a arbitrariedades imposibles de controlar.

¿Volatilidad? Sí, pero de diferente tipo. Mientras la del bitcoin es convergente a largo plazo y termina redundando en un proceso de fijación de precio, la de las monedas actuales es arbitraria, sujeta a decisiones políticas y procesos de todo tipo, a una inflación considerada estructural, y gobernada por reglas que son, como tales, contradicciones en sí mismas.

A partir de un nivel determinado de consenso acerca de la propuesta de valor de una tecnologías, su adopción masiva resulta completamente imparable e inevitable. Cuando hables sobre el bitcoin y su volatilidad, piénsalo.



Enrique Dans
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