No, no necesitas reuniones en vídeo para todo…

IMAGE: Zoom

Tras semanas de confinamiento y de recurso a las videollamadas para cuestiones que van desde mantener la actividad en las compañías hasta ver a la familia o a los amigos, todos nos hemos hecho ya a las herramientas utilizadas para ello, que utilizamos con una sorprendente soltura.

Un número sorprendentemente elevado de personas se han instalado infinidad de aplicaciones de las que, hace pocas semanas, simplemente habían oído hablar – o a veces ni eso – para fines de todo tipo. Desde Skype a Zoom, pasando por Teams, Webex, Hangouts, Meet, FaceTime o hasta Houseparty, nos han demostrado no tanto que todos los usuarios se hayan convertido de repente en ingenieros de cohetes, sino que la tecnología se ha hecho enormemente sencilla e intuitiva, hasta el punto de estar al alcance de cualquiera.

Las reuniones online no son iguales que las reuniones cara a cara. Pero si las primeras semanas los inicios de cualquier reunión eran una letanía de incidencias del tipo «no se te oye», «no se te ve», «silencia tu micrófono que hace ruido», «te estás pixelando», «te distorsionas», etc., ahora resulta sorprendente hasta qué punto los usuarios se han acostumbrado al medio: protocolos como el silenciar el micrófono cuando no se usa, compartir pantalla o incluso cambios de herramienta en directo y sin perder demasiado tiempo son ya parte de nuestras rutinas habituales. Lo de los niños usando fondos virtuales en Zoom con vídeos de ellos mismos prestando atención en las clases virtuales lo encuentro sencillamente maravilloso. Ahora, hasta los abuelos hacen videollamadas.

Unas pocas semanas son suficientes para construir hábitos, aunque ahora nos demos cuenta de que, en realidad, las incesantes reuniones en vídeo nos cansan un montón, o que directamente empezamos a odiarlas. Lo que está ocurriendo, simplemente, es un efecto del tipo «too much of a good thing», el abuso de una herramienta recién adoptada, también conocido como «el furor del neoconverso»: nos encontramos ya tan cómodos y nos vemos tan modernos haciendo videollamadas, que ahora las utilizamos para todo, constantemente. Y no tiene sentido. En la práctica, hay muchas situaciones en las que una reunión en vídeo es completamente innecesaria, y lo que pretendemos hacer con ella sería mucho más productivo si lo hiciésemos mediante una simple llamada telefónica, unos correos electrónicos, un hilo en un Slack o un documento compartido.

No nos engañemos: son muchas las ocasiones en las que el hecho de ver la cara de nuestros interlocutores en una reunión no nos aporta absolutamente nada. De hecho, en ocasiones, nos complica la vida, o nos dificulta utilizar otras herramientas que encontraríamos cómodo utilizar durante la reunión. En realidad, la gran mayoría de las conversaciones entre dos personas tendrían más sentido si hiciéramos una simple llamada de teléfono salvo cuando tenemos un documento que mostrar o que utilizar como referencia, y cuando se trata de que varias personas trabajen juntos para producir algo, compartir el documento y poder modificarlo con la simple ayuda de una ventana de chat es, en la mayoría de las ocasiones, más práctico y mucho más productivo.

En pocas semanas, muchos han pasado de no utilizar videollamadas o hacerlo tan solo ocasionalmente y teniendo que actualizar la versión del programa en cada ocasión, a hacer videollamadas constantemente como si no hubiera un mañana. Sin duda, el vídeo es un buen recurso, y el salto conceptual de imaginar una reunión cara a cara a hacerlo con vídeo y cada uno en su casa nos puede parecer lógico… pero no siempre lo es.

En muchas ocasiones es mejor reinventar la tarea para hacerla de una manera más lógica, y más si nuestra compañía ya sufría, como ocurre en muchos casos, un problema de inflación de reuniones. Tener múltiples reuniones en vídeo al día es algo que, aunque nos haga sentir que somos importantísimos e imprescindibles, resulta insufrible y no tiene ningún sentido. Saber aprovechar la red no implica necesariamente que utilicemos siempre la solución más ambiciosa. Porque eso, en muchos casos, equivale a algo muy sencillo: matar moscas a cañonazos.



Enrique Dans
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