Luz al final del túnel

IMAGE: Panos13121 - Pixabay (CC0)

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «¿Y tras las vacunas, qué?» (pdf), y habla sobre cómo vamos a vivir esta fase final de la pandemia que empezamos a presenciar, y qué cambios podemos esperar de ella.

Una campaña de vacunación es, como tal, una acción epidemiológica o biológica, no política. Que por su magnitud se haga necesario que la gestionen políticos tiene un problema: el político medio no solo no suele tener la más mínima idea de epidemiología o de biología, sino que además, se deja llevar a menudo por factores como el populismo o la prudencia excesiva en su control. Episodios como el espantoso caos brasileño, que provocan que un tercio de los fallecidos por COVID ayer fuesen naturales de ese país, o como la desastrosa gestión de la administración Trump en los Estados Unidos permiten entender cuál es el coste de la ignorancia, del negacionismo, del populismo o del desprecio a la ciencia. Cada vez que te llegue un mensaje conspiranoico absurdo de esos por cualquier medio, recuérdales eso y envíales a páginas que les enseñen a responder a la desinformación.

¿Qué podemos aprender de los países que van más avanzados en sus campañas de vacunación? A día de hoy, Israel ha administrado 119 dosis por cada cien habitantes (la cifra es compleja porque hay tanto vacunas como habitantes que requieren dos dosis, pero no todas), Emiratos Árabes ha administrado 93, Chile ya va por 64, el Reino Unido por las 59 o los Estados Unidos por las 57, frente a las 24 de España. Las cifras no solo revelan el nivel de competencia política, logística o administrativa, sino muchos otros factores, desde la capacidad para hacerse con vacunas, hasta la complejidad del escenario en términos de dimensión o de otros factores. El territorio registrado con mayor número de inoculaciones, por ejemplo, son las islas Malvinas, que alcanzan las 124 administraciones por cada cien personas.

Siguiendo las dinámicas de esos territorios con mayor éxito en sus campañas de vacunación, vemos que ser vacunado es cualquier cosa menos una licencia para quitarse la mascarilla y pasar a hacer vida normal. En ese sentido, lo absolutamente imprescindible es entender que una pandemia no es un fenómeno individual, sino colectivo, y que como tal hay que gestionarlo. La pandemia no termina cuando tú te inmunizas, sino cuando el virus ya no tiene a dónde ir, cuando la probabilidad de que transmitas la enfermedad estando contagiado y asintomático se convierte en mínima, porque todos los que te rodean están igualmente vacunados. La vacuna es un desarrollo tecnológico que posibilita que nuestro sistema inmunitario reconozca un agente infeccioso determinado o alguno de sus derivados (una proteína característica, por ejemplo), se prepare contra él, y gracias a ello evite, en la mayoría de los casos, que experimentemos síntomas o que tengamos que ser hospitalizados. Como tal, una vacuna no es ningún bálsamo milagroso que haga desaparecer al virus o que impida que nos entre por la nariz.

Esa evidencia, que ha sido bien entendida por países como los Estados Unidos, que en muchos casos administran la vacuna a todo el que se acerca por un centro de vacunación sin hacer demasiadas preguntas, debemos internalizarla adecuadamente. La pandemia termina cuando la gran mayoría de la población está vacunada, y muy probablemente, además, debamos proseguir con la vacunación en adelante, con cierta periodicidad. El virus como tal seguirá un tiempo entre nosotros, en reservorios formados por núcleos de personas no vacunadas, etc., y con posibilidad de seguir mutando.

A estas alturas, la gran mayoría de nosotros ya empezamos a ver cómo cada vez más contactos cercanos o nosotros mismos recibimos la vacuna. Mi padre lleva ya varias semanas vacunado, a mi madre la vacunaron ayer. Pero eso no quiere decir que la pandemia haya terminado, ni que podamos abandonar las precauciones, ni que podamos dejarnos la nariz fuera de la mascarilla. Las mascarillas nos las podremos sacar cuando los estudios que se están haciendo al respecto en poblaciones controladas permitan extraer conclusiones, pero no antes.

Pero sobre todo, cuando empezamos a ver luz al final del túnel, lo importante es recordar que no queremos volver a lo que hacíamos antes: hay que demostrar una cierta capacidad de aprendizaje. Que no todo desaparezca: aprendamos a seguir trabajando con más grados de libertad, a no meternos en un atasco sistemáticamente todos los días, a no hacer viajes innecesarios para asistir a una maldita reunión, o a mil cosas más que hemos aprendido durante la pandemia que podíamos hacer de otra manera. Si no… lo habremos hecho muy, muy mal.



Enrique Dans
Enlace: Luz al final del túnel

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