Lo que aprendemos de las crisis: no es el cómo, es el qué

IMAGE: Athree23 - Pixabay (CC0)

La crisis generada por el coronavirus está evidenciando una cuestión cada vez más clara, a medida que las instituciones educativas tratan de adaptarse a situaciones de confinamiento forzado: el cómo te adaptas tecnológicamente durante la crisis puede ser importante, pero mucho más lo es el centrarte en qué tienes que enseñar en esos tiempos, e incluso pensando en lo que deberemos enseñar cuando la crisis termine.

Así, las instituciones que se limitaban a transmitir información de manera lineal de un profesor a unos alumnos mediante metodologías como la toma de apuntes, comprueban ahora cómo la crisis las deja en completa evidencia: su papel, simplemente, no era necesario. Si lo único que hacía un profesor durante una clase era recitar unos apuntes que los alumnos copiaban, y solucionar alguna duda puntual, puede ser relativamente sencillo trasladar esa metodología a la red – con la obvia y no despreciable salvedad del digital divide – , pero genera una conclusión clara: la propia metodología no tenía sentido. La crisis del coronavirus expone claramente a las instituciones educativas que, son leves modificaciones, simplemente perpetuaban el modelo educativo de hace décadas o incluso siglos, y las contrapone a las que, desde hace tiempo, han entendido cómo la tecnología debe dar forma al proceso educativo.

Discutir cómo la tecnología reemplaza a las aulas tiene sentido en una situación de crisis como la actual. Pero en realidad, lo que hay que discutir es cómo y para qué: qué valor añadido debemos obtener de la interacción cara a cara para que tenga sentido y genere lo que debe generar: una educación mejor, más eficiente y con más sentido. ¿Podría la pandemia provocar un momento dorado en la implantación de herramientas de edtech? ¿O dar un empuje significativo al uso de la realidad virtual? Más allá de plantearnos cómo enseñar ahora durante los confinamientos, deberíamos estar planteándonos cómo vamos a seguir enseñando cuando estos terminen, y si la forma en que lo hacíamos tenía sentido.

En, realidad, es exactamente lo mismo que ocurre con muchos trabajos: en una crisis como esta, que muchas personas pasen a llevar a cabo partes significativas de su trabajo diario desde sus casas puede convertirse en la evidencia necesaria que demuestra que, cuando la crisis toque a su fin, desplazarse sistemáticamente todos los días con un horario determinado era algo no solo profundamente ineficiente, sino completamente innecesario. La crisis actual debería, además de convertirnos en maestros en el uso de herramientas como Zoom o como Teams, debería provocar cambios permanentes en nuestra forma de trabajar, y si no lo hace, es evidente que debería hacerlo. De hecho, es posible que haya trabajos que cambien radicalmente, particularmente si comprobamos que pueden llevarse a cabo perfecta y satisfactoriamente desde casa. La crisis debería convertirse en una oportunidad para que toda una nueva generación de estudiantes entendiese de qué maneras se puede – y se debe – trabajar cuando es posible.

Pero hay más cambios necesarios, y estos, de nuevo, se refieren no tanto a cómo enseñamos, sino a qué enseñamos: la crisis del coronavirus ha demostrado muchas cosas, empezando porque cuando un idiota irresponsable desmonta las infraestructuras dedicadas a planificar actuaciones en caso de crisis o gestiona mal la información, los problemas tienden siempre a agravarse.

La gestión de la crisis a nivel mundial ha sido un desastre completamente carente de liderazgo, lo que ha impedido que los países unan esfuerzos para trabajar conjuntamente o, simplemente, aprendan unos de las experiencias de otros. ¿No deberíamos introducir en los contenidos que enseñamos la importancia del trabajo cooperativo en la resolución de crisis? La crisis ha demostrado que no entendemos las distribuciones exponenciales, e incluso que posiblemente debamos replantear nuestra forma de relacionarnos en el futuro. Nos ha enseñado que, en caso de necesidad, podemos ser capaces de reducir drásticamente nuestras emisiones, y que deberíamos hacer un esfuerzo por cambiar nuestra mentalidad y convertir esa reducción en permanente, sobre todo ahora que las energías renovables se han convertido ya en más baratas que las fósiles. ¿No deberíamos hacer un esfuerzo para introducir eso en la educación a toda velocidad?

Cambia la economía: se analizan nuevas medidas para evitar que la crisis se convierta en sistémica que podrían ser en realidad populismo para comprar electores con dinero público, e incluso se definen – o se deberían definir – determinados comportamientos como criminales. ¿Debemos rescatar a todas las compañías, o hay actividades que deberíamos reducir de manera significativa? ¿Qué importancia va a tener la robótica en determinadas industrias en el futuro?

Y por último: ¿cómo debemos reinterpretar la privacidad y la vigilancia en momentos de crisis? Los buenos resultados del énfasis de países como China, Hong Kong, Singapur o Corea del Sur en el uso de tecnologías de monitorización para detener la pandemia están llevando, sobre todo cuando los comparamos con los mucho peores resultados de otros países más tímidos a la hora de adoptar medidas que puedan ser interpretadas como restrictivas de las libertades ciudadanas, a una reinterpretación de lo que debemos considerar aceptable en tiempos de crisis. ¿Deberíamos plantearnos que una crisis con el potencial de convertirse en una pandemia puede justificar que pasemos a una situación de «vale todo» en cuanto a las libertades civiles, sea utilizar la geolocalización de nuestros smartphones, de las redes sociales, de la salud o hasta de los satélites con el fin de evitar comportamientos incívicos e irresponsables, y en último término, de salvar vidas? ¿Cómo asegurar que, pasado el peligro, volvemos a recuperar las libertades que la crisis, temporalmente, nos arrebató?

Todas esas dudas y muchas más deberían ser cuestiones que aprendiésemos de una crisis que ha conseguido prácticamente que parásemos el mundo. Aprender de la crisis para evitar repetir posteriormente los mismos errores, e introducir los contenidos que aprendamos de manera inmediata en la educación, para que las siguientes generaciones estén más preparadas. No es cómo enseñamos, es qué enseñamos, qué somos capaces de aprender las sociedades humanas ante una situación así.



Enrique Dans
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