Limitar automáticamente la difusión de mensajes es una buena idea

IMAGE:  Mohamed Hassan - Pxhere (CC0)

Si un país conoce los peligros de la difusión viral en redes de mensajería instantánea, ese es India: en el año 2018, llegaron a tener lugar varios linchamientos en distintas zonas del país provocados por mensajes reenviados por WhatsApp que prevenían contra supuestas redes de personas que intentaban secuestrar niños para vender sus órganos. Ahora, el diario indio Business Standard se hace eco de cómo la reciente decisión de Facebook de limitar el reenvío de mensajes en WhatsApp ha resultado nada menos que en una reducción del 70% en la difusión de ese tipo de peligrosos mensajes.

En España, una corriente conspiranoica absurda llegó en su momento a atribuir la imposibilidad de reenviar mensajes en WhatsApp a una supuesta decisión gubernamental, e incluso culparon de ello a verificadores de información, que supuestamente, según algunos irresponsables, se dedicaban a tomar decisiones sobre qué mensajes podían ser reenviados y cuáles no. Pese a ser completa y radicalmente falsa, la teoría llegó a difundirse tanto que la propia Facebook tuvo que publicar una nota de aclaración.

Una reducción del 70% en la difusión de mensajes virales es, en primer lugar, una fantástica noticia, que debería llevar a otras herramientas de mensajería instantánea y redes sociales a adoptar medidas similares. De hecho, cuando no es así, el problema persiste, y simplemente se traslada a otros canales: en India, la difusión de ese tipo de bulos y mensajes virales falsos se trasladó fundamentalmente a YouTube, pero también a otras apps y redes sociales, algunas locales. En España, se desplazó fundamentalmente a Telegram. En los Estados Unidos, los grupos ultraconservadores que protestaban contra las medidas de confinamiento, al ser expulsados de Facebook por divulgar noticias falsas relacionadas con el ámbito de la salud y animar a quebrantar la ley, se refugiaron en MeWe, que consecuentemente se ha llenado de un público conspiranoico que, seguramente, estaba muy lejos de representar el tipo de usuario que quería.

¿Qué cuestiones deberíamos empezar a tener claras? La primera, que el reenvío sistemático de mensajes a grupos es una función que debe ser sistemáticamente evitada en redes de mensajería instantánea. La mensajería instantánea está pensada para comunicaciones interpersonales, no para que algunos iluminados se crean periodistas y se dediquen a difundir, generalmente con escaso criterio y aprovechando la ausencia de control sobre los contenidos de este tipo de canales, todas las tonterías que les llegan. En el lado del receptor, muchos ven también erróneamente ese vínculo entre la información recibida y la persona que la envía, y asignan una supuesta credibilidad a mensajes que si hubieran visto difundidas a través de cualquier otro canal, habrían descartado de manera automática.

Psicológicamente, el reenvío de ese tipo de mensajes tiene que ver con la necesidad de reafirmación personal: quien los reenvía, cree estar llevando a cabo algún tipo de «servicio público», de «favor a sus amigos», de «salvar a la patria» o, en general, une su imagen al mensaje que reenvía con el fin de que aquellos que lo reciben lo consideren, supuestamente, más gracioso, más inteligente o más «enterado». Librarnos de ese tipo de personajes, generalmente muy persistentes y repetitivos, y de sus molestas prácticas es algo que solo puede incrementar el valor de las redes de mensajería instantánea.

La segunda cuestión es entender que lo normal será que otras redes sociales adopten prácticas similares a las de WhatsApp, y procedan a limitar el reenvío masivo de mensajes, salvo que aspiren a convertirse en lugares de muy dudosa reputación dedicados a esparcir bulos y teorías de la conspiración. Limitar la difusión de mensajes implica, obviamente, limitarlos todos de manera completamente independiente de su contenido, ya sea este la enésima supuesta advertencia «que me ha contado un amigo guardia civil» o un vídeo de gatitos.

Las redes de mensajería instantánea están pensadas para que te comuniques con tus amigos, no para que pretendas convertirlas en medios de comunicación masivos o en supuestas redes subversivas «que te cuentan lo que no verás en televisión». Desengáñate: salvo en el caso de regímenes dictatoriales, si algo no lo ves en los medios de comunicación no es porque intenten ocultártelo, sino porque es basura que no merece ser publicada, y por mucho que «te lo cuente ese amigo que siempre está muy bien informado», seguirá siendo falso igual. A largo plazo, necesitamos imperiosamente introducir en la educación criterios de verificación de información y de fuentes, para evitar el enésimo caso de idiota, irresponsable o ambas cosas que recibe una noticia completamente inverosímil y se dirige rápidamente a reenviarla a todos los grupos en los que participa.

No, la mensajería instantánea no es para eso, ni debe serlo. Y por eso, intentar limitar automáticamente el reenvío masivo de mensajes en ellas es una muy buena idea. ¿Debe una herramienta de mensajería instantánea inmiscuirse en lo que puedes o no reenviar en ella? Obviamente, no en función de su contenido. Pero como podemos ver claramente en este caso, sí en función de los patrones de uso, cuando las personas utilizan una red de mensajería instantánea como si fuera una red social, una página web, una lista de correo o un medio de comunicación: si crees que reenviando mensajes a diestro y siniestro en WhatsApp o en Telegram eres más gracioso que nadie, te van a ver como al más enterado o vas a salvar a la patria, por favor, deja de hacerlo. Solo eres un pesado, un sinvergüenza malintencionado, o posiblemente, ambas cosas.



Enrique Dans
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