Las empresas que se hacían trampas al solitario

IMAGE: Willi Heidelbach - Pixabay (CC0)

Cuando escribes sobre internet a lo largo de muchos años, piensas que tu capacidad para la sorpresa debería tender a agotarse. Y sin embargo, siempre parece que alguien es capaz de hacer algo todavía más estúpido, más absurdo o más alucinante.

El último caso, sobre el que llevaba algún tiempo queriendo escribir, es el del envío masivo de paquetes con semillas desde compañías chinas de comercio electrónico a un montón de usuarios en medio mundo, que en la mayoría de los casos, no habían hecho ningún tipo de pedido. En los Estados Unidos, de hecho, el tema llegó a disparar las alarmas de las autoridades por sospechas de bioterrorismo, y se lanzaron avisos a los usuarios para que reenviasen las semillas al Departamento de Agricultura para su examen o eventual destrucción – advertencias que en muchos casos, resultaron estériles: muchos norteamericanos plantaron las semillas o incluso se las comieron.

La realidad, afortunadamente, era mucho más sencilla que un supuesto esquema bioterrorista diseñado para inundar los Estados Unidos con especies peligrosas. Los paquetes de semillas llevaban en muchos casos información errónea sobre su contenido, las semillas que contenían eran de especies generalmente inocuas y baratas, y lo único que pretendían era registrar un envío desde una cuenta falsa creada con los datos del receptor del envío (que implica que esos datos estaban disponibles en algún sitio, algo que debería preocupar a los receptores), para, posteriormente, escribir una reseña falsa sobre algún producto y mejorar así su popularidad.

¿Qué nivel de incidencia tienen este tipo de esquemas? Es muy difícil saberlo, pero aparentemente, muy elevado. La práctica, llamada «brushing«, lleva ya bastantes años utilizándose en China, y permite entender el brutal ascenso de la popularidad del comercio electrónico en el país: simplemente, muchos de los pedidos son falsos, pero permiten elevar la popularidad de muchos productos o las cifras de facturación de las compañías, en muchos casos para dar más importancia a sus grandes citas comerciales. Un escenario de competencia feroz y unos rankings de búsqueda ponderados en función de las cifras de ventas y las críticas positivas han llevado a la aparición de un enorme ecosistema oportunista de compañías dedicadas a vender ese tipo de servicios de ventas y evaluaciones falsas.

La práctica llegó a crecer hasta tal punto, que finalmente el gobierno decidió tomar cartas en el asunto, de una manera muy inteligente: obligando a los proveedores de comercio electrónico a pagar impuestos sobre esas ventas ficticias calculadas en función de algoritmos de machine learning y a lo largo de los últimos tres años, lo que implica, en muchos casos, una factura sumamente abultada. Las discusiones en foros chinos hablan de terror entre las compañías implicadas: la dimensión y extensión de la práctica podría llevar a muchos proveedores de comercio electrónico chinos a la bancarrota.

¿Cómo de imbécil tienes que ser para crear una práctica que se inventa pedidos, que los envía a clientes reales en forma de pedidos falsos con cajas vacías o con objetos de escaso valor, y que se inventa cuentas falsas con los nombres de esos clientes dedicadas a escribir reseñas falsas de productos? ¿De verdad alguien pensaba que un esquema así podía continuar y convertirse en sostenible? ¿Cómo puede alguien montarse todo un universo imaginario, un enorme castillo de naipes, en base a hacerse trampas al solitario? ¿A qué extremos tiene que llegar la práctica cortoplacista del growth hacking para que alguien finalmente decida que hay que poner freno a semejante desatino?



Enrique Dans
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