Las big tech, a examen

IMAGE: Jeff Bezos, Tim Cook, Mark Zuckerberg and Sundar Pichai

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Las tecnológicas y su momento de la verdad» (pdf), y habla sobre la comparecencia que en muy pocas horas harán los CEOs de Amazon, Apple, Facebook y Alphabet ante el Congreso de los Estados Unidos, que lleva año y medio estudiando cientos de horas de entrevistas y más de 1,4 millones de documentos para tratar de entender las prácticas empresariales de estas compañías y sus efectos sobre la innovación, la competencia y la sociedad. Al menos, es de esperar que en esta ocasión no veamos, como ocurrió en abril de 2018, un espectáculo lamentable de desconocimiento de lo más básico del negocio de estas empresas por parte de los miembros del Congreso.

Hablamos de cuatro compañías muy diferentes entre sí, pero que entre todas ellas suman una capitalización bursátil de casi cinco billones de dólares, ingresos anuales de casi 800.000 millones, y una caja de casi 500.000 millones. Las cuatro figuran en la lista de compañías más innovadoras del mundo (Apple es la primera, Alphabet la segunda, Amazon la tercera, y Facebook la décima), y dejando fuera a Microsoft, que sin duda agradecerá mucho su exclusión en esta cita, representan ese conjunto que se ha dado en llamar las «big tech» a las que la pandemia no solo no ha perjudicado, sino que incluso ha beneficiado en gran medida: dos de los cuatro comparecientes, los dos que, además de CEOs, son fundadores de sus compañías, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg, han visto sus fortunas crecer hasta un 60% desde mediados de marzo, desde los $113,000 millones a los 181,000 en el primer caso, y desde los $55,000 hasta los $86,000 en el segundo.

Ganar mucho dinero no tiene porqué ser sinónimo de algo malo ni contribuir necesariamente a demonizar a nadie, aunque obviamente se pueda discutir sobre las prácticas empresariales que han contribuido a generar esas fortunas y sobre la contribución que deben hacer al conjunto de la sociedad. Pero la esencia de lo que se debate no es tanto eso, como los efectos del dominio obtenido por esas compañías en sus industrias: la publicidad, el retail, la electrónica o los servicios.

El enorme poder que ejercen esas esas empresas es indiscutible, y sin duda merece una discusión pública. Que Apple ejerza un monopolio sobre su App Store e imponga unos términos que algunos entienden abusivos a quienes pretenden utilizar ese canal para llegar a los usuarios es algo que sin duda merece discusión, como la puede merecer el que Google, Facebook y Amazon se hayan hecho con el 70% de la publicidad digital en los Estados Unidos, el que Amazon estudie detenidamente a sus vendedores para hacerles competencia con sus propios productos o el que Facebook se haya convertido en una auténtica amenaza para la democracia que aterroriza a todo aquel que la conozca con un mínimo de detalle.

Pero sobre todo, se discute hasta qué punto el dominio de esas compañías se puede haber convertido en un problema para la innovación: si cada vez que alguna de ellas detecta que algún nuevo entrante tiene posibilidades de llegar en algún momento a hacerle sombra, o descubre una manera de destacar en algo, puede sencillamente adquirirlo o copiarlo sin límites y con recursos prácticamente infinitos hasta lograr hacerle sombra, el problema es que estamos atentando contra algo en lo que nos jugamos el futuro, y contra lo que las leyes antimonopolio deben actuar.

Es muy posible que la forma de protegernos contra ese omnímodo poder que hoy poseen las big tech no sea pensar en obligarlas a escindirse en compañías más pequeñas. De hecho, es muy posible que esa visión de las leyes anti-monopolio esté bastante desfasada, y que hoy, en realidad, no sirviese de nada o incluso llegase a tener efectos negativos. Pero de ahí a que, como pretenden algunos think tanks mantenidos con el dinero de esas propias big tech, simplemente no haya que hacer nada, va un importante trecho. Sin duda, algo va a tener que cambiar en la forma en la que se protege al mercado y a la innovación del poder de compañías que alcanzan un nivel de dominio determinado.

Y sin duda, deberá ser algo más que esa especie de argumento patriotero que Mark Zuckerberg pretende esgrimir, del tipo «es que si me regulas a mí, estarás beneficiando a China«. En realidad, estamos hablando de cómo reconstruir las garantías anti-monopolio que los propios Estados Unidos y el pensamiento neoliberal convirtieron en inoperantes hace algunas décadas, y de conseguir un entorno en el que cualquiera con una buena idea pueda lanzarla y operarla sin ser acosado por jugadores contra los que resulta imposible plantearse competir. ¿Cómo enfocar un proceso de regulación que puede ser, en algunos casos, enormemente complejo? Hablamos de reconstruir el panorama regulador que en su momento destrozó Robert Bork durante la administración Reagan, cuando neutralizó completamente la legislación antimonopolio y propició un entorno caracterizado por el «todo vale» que nos ha llevado a donde ahora estamos, y para ello habrá que poner en marcha medidas para separar la gestión de las plataformas de los intereses de sus dueños, posiblemente que obligar a retrotraer determinadas operaciones de adquisición, que buscar nuevos mecanismos de control y supervisión, que crear nuevos impuestos o evitar los agujeros que tenían los anteriores, o incluso que forzar la apertura de los datos o incluso de los algoritmos de funcionamiento de determinadas funciones que se consideran centrales y estratégicas para algunas compañías. Estamos hablando de reescribir las reglas del juego para la economía de los datos, para una economía que ya se había reescrito a sí misma, y que estaba llevando a la sociedad a una situación cada vez más insostenible.

Si seguir ese debate no te parece interesante, si te parece que es una cuestión de política interna norteamericana, o si crees que lo que allí pase no te va a afectar, es simplemente que no te has parado a pensar lo que nos jugamos en él de cara al futuro.



Enrique Dans
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