La VPN como indicador

IMAGE: Jacek Dudzinski - 123RFVladimir Putin aprueba dos leyes que prohiben el uso de servicios de proxy y de redes privadas virtuales (VPN) en Rusia, siguiendo el ejemplo de China, que ha anunciado su bloqueo a partir de febrero del año que viene, requiriendo tanto a los operadores como a las tiendas de aplicaciones que impidan su utilización.

Apple, de hecho, ha recibido fuertes críticas por capitular ante las autoridades chinas y retirar las más de sesenta herramientas que miles de usuarios particulares y negocios utilizan diariamente para acceder a páginas que el enorme dispositivo de censura chino convierte en inaccesibles, en muchas ocasiones con criterios completamente arbitrarios o por simples errores administrativos.

Este tipo de medidas restrictivas comienzan a separar claramente el mundo en dos mitades: la de los ciudadanos que viven en países que reconocen su libertad para acceder a información libremente y sin ser fiscalizados ni espiados, y el de aquellos que residen en países que cercenan esta libertad, prohiben las herramientas utilizadas para asegurar la privacidad de una conexión, y consideran que el estado debe tener derecho a espiar todo aquello que hagan en la red.

Una VPN es una herramienta multifuncional y de propósito general: muchos de sus usuarios, entre los que me incluyo, las utilizan simplemente para asegurar la seguridad de una conexión cuando se encuentran en una red de uso compartido, o con motivos plenamente justificables, como su uso académico. Obviamente, una VPN puede también ser utilizada para muchas otras cosas, pero del mismo modo que un simple cuchillo puede ser utilizado para cortar el pan o para matar a alguien. Prohibir las VPN no es una manera de proteger a la población impidiendo una supuesta actividad terrorista, sino una forma de asegurarse que resulta algo más difícil escapar a la monitorización gubernamental.

Más allá de su motivación política, el sistema de censura ha permitido a China construir una internet a su medida enormemente próspera, al eliminar la posibilidad de que sus ciudadanos accedan a numerosos servicios en otros países, que en su momento fueron imitados por competidores locales que cumplían con las normas impuestas por su gobierno y pudieron convertirse en la alternativa disponible. Una sistema de autarquía en la red que ha posibilitado que el gigante asiático sea actualmente el mayor mercado en internet del mundo, más de setecientos millones de usuarios que suponen el 21% de la población conectada mundial, y con herramientas construidas completamente a partir de los modelos que veían funcionar en otros países, siguiendo un modelo de micro-innovación.

Existen muy pocas dudas acerca del buen funcionamiento de esta estrategia: China es ahora mismo una potencia en la red, posee herramientas de desarrollo interno con enormes bases de usuarios que han evolucionado para hacerse muy competitivas, como es el caso de WeChat, y que permiten al gobierno mantener sus estándares de vigilancia de la población y llevan a algunos incluso a inventarse nuevos idiomas. Por otro lado, resulta evidente que esa supuesta ventaja se ha construido sobre unos principios de restricción de las libertades individuales completamente incompatibles con los derechos humanos o con un mínimo umbral de calidad democrática. Países con regímenes no democráticos como China o Rusia pugnan por cerrar todo posible agujero que permita a sus ciudadanos escapar a su control, con las VPN convertidas en la representación de esa penúltima vía de escape, mientras otros como Corea del Norte, por falta de dimensión, se convierten en parodias con una internet reducida a veintiocho páginas web a las que únicamente acceden unos pocos. Pero para gigantes como China o Rusia, una estrategia de censura de la red permite generar campeones locales y acceder a las comodidades de una vida razonablemente moderna, sin los inconvenientes de una población capaz de acceder a influencias que podrían debilitar sus regímenes, un modelo que ha sido denominado como splinternet.

Un mundo sujeto a unos derechos humanos y a unos estándares mínimos de calidad democrática, en el que como mucho vemos tentaciones episódicas de intentos de bloqueo de cuestiones como la pornografía, la apología del odio o elementos afines, con esos balances constantemente sometidos a discusión pública, frente a otro mundo que directa y conscientemente ignora esos derechos humanos y esa democracia, y utiliza el control de la red como estrategia para obtener unas ventajas comparativas y para perpetuarse en el poder. Si quieres saber en qué lado del mundo estás, intenta instalarte y usar una VPN. Decididamente, George Orwell era un auténtico visionario.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “What VPNs tell us about democracy and human rights” 

 


Enrique Dans
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