La transmisión del coronavirus, sus mitos y sus implicaciones

IMAGE: 3D model of the SARS-CoV-2 virus at atomic resolution (Visual Science) - 
https://vimeo.com/417208044

Cuanto más vamos siendo capaces de saber del SARS-CoV-2 y de sus mecanismos de transmisión, más parece que las primeras medidas recomendadas y adoptadas colectivamente para evitar su transmisión pueden estar sujetas a errores e incluso, en algunos casos, dar lugar a mitos potencialmente perjudiciales.

Las implicaciones de la pandemia están afectando a la práctica totalidad de la sociedad y las actividades humanas. En India, por ejemplo, el uso del dinero en metálico, que ya inició una cierta reducción con las políticas de desmonetización del país iniciadas en el año 2015, alcanza ahora su mínimo nivel histórico debido a la creencia de que su uso puede conllevar la transmisión del coronavirus, a pesar de que los epidemiólogos creen que la transmisión a través de superficies en general y, en concreto, del dinero en metálico, es sumamente baja y poco probable.

En ciudades de todo el mundo, el transporte público circula bajo mínimos. ¿Responsable? Un primer estudio llevado a cabo por un economista del MIT – no un epidemiólogo – que erróneamente atribuyó la culpa de la mayoría de las infecciones en Nueva York al uso del metro superponiendo los códigos postales de los pacientes con el mapa del metro de la ciudad. Esa metodología ha sido posteriormente muy criticada y cuestionada, y los resultados del estudio son, además, completamente inconsistentes con la experiencia posterior en muchas otras ciudades.

Los mitos, cuando resuenan en el imaginario popular, se convierten en mecanismos de transmisión muy potentes. Tras las primeras medidas adoptadas, tales como la limpieza frecuente de superficies, el uso de guantes y el gel hidroalcohólico, ahora muchas personas creen que van a infectarse por tocar objetos, y tratan de tomar precauciones que, en la práctica, pueden tener muy poco sentido. ¿Lavarse las manos frecuentemente? Sí, sin duda. ¿Distancia social? Por supuesto. Pero cada vez más, todo parece sugerir que la vía fundamental de transmisión del virus es aérea, y que es muy posible que las medidas de precaución que estamos tomando estén utilizando tecnologías inadecuadas. Ante un virus en el que cada vez tenemos más clara la vía de transmisión aérea, lo que más cuenta es el uso de mascarilla.

¿Qué deberíamos hacer ante las evidencias que indican que la vía más significativa de transmisión del virus es aérea? En primer lugar, no fiarnos necesariamente de nuestra intuición y nuestras creencias. Por mucho que pensemos que el transporte público parecería un lugar perfecto para contagiarnos, resulta que no lo es, y que la ciencia así lo está demostrando: ninguno de los brotes surgidos tras la adopción de protecciones básicas como el distanciamiento social y el uso de mascarilla están relacionados con su uso. Ciudades como Hong Kong, Tokyo o Seúl, con un uso elevadísimo de transporte público pero con una cultura de uso de mascarillas muy anterior a la pandemia, no han experimentado transmisiones elevadas (en el caso de Seúl, los rebrotes no se debieron al transporte público, sino a sus locales de ocio).

Resulta que por mucho que pensemos que meternos en un vagón de metro o un autobús en el que hay desconocidos que pueden estar infectados es una forma segura de contagiarnos, no es así. En realidad, la variable fundamental que se correlaciona con la infección tiene mucho más que ver con permanencias largas en lugares mal ventilados, más identificable con reuniones familiares, restaurantes y bares en los que es necesario quitarse la mascarilla para consumir comidas o bebidas, residencias de ancianos, iglesias, funerales, etc., lugares y situaciones en las que precisamente tendemos a relajar nuestras precauciones. ¿Qué estamos haciendo? Yendo en un vagón de metro bien ventilado durante unos pocos minutos y con nuestra mascarilla puesta todo el tiempo, para después llegar a nuestro destino y meternos en el interior de un bar o pub con escasa ventilación, a poca distancia de un montón de personas, y sin mascarilla para poder beber y comer. Todo perfectamente… erróneo.

Por el momento, el metro parece estar experimentando un descenso muy superior al del autobús, debido a la también infundada percepción de que los lugares subterráneos están peor ventilados. En realidad, los vagones de metro y las estaciones tienden precisamente a distinguirse por tomar más precauciones con sus sistemas de ventilación por considerarlos vitales para la actividad. Pero en cualquier caso, dado que la permanencia en un autobús o vagón de metro no suele ser muy prolongada, el uso de una mascarilla debería protegernos contra una inhalación excesiva de aerosoles y para alcanzar una carga viral elevada, que por contra, alcanzaríamos mucho más fácilmente en un bar o discoteca.

Como siempre, cuanta más información, más ciencia y menos mitos, mejor. Perjudicar el uso del transporte público debido a creencias infundadas puede terminar teniendo efectos mucho peores sobre la transmisión del virus debido al incremento de los niveles de contaminación, que sí que han probado ser fundamentales en la probabilidad de infección y de sufrir complicaciones severas. Cuando termine el verano en el hemisferio norte, volveremos a pasar mucho más tiempo en interiores, y si no tomamos las medidas adecuadas, se producirán más rebrotes derivados de ello. Pero la culpa no será del uso del transporte público, sino de muchos otros interiores en los que pasamos más tiempo y no mantenemos las precauciones adecuadas.

Tecnológicamente, queda mucho por hacer. Ahora que sabemos más de los mecanismos de transmisión del virus, deberemos reevaluar cuidadosamente las características de las mascarillas que utilizamos, usarlas de manera mucho más habitual en muchas situaciones en las que no lo hacíamos. La desinfección de superficies, por contra, aunque tenga un importante efecto psicológico sobre la percepción de limpieza, es probable que no sea tan decisiva, y que mantener a todos esos camareros limpiando obsesivamente sillas y mesas en las terrazas no conlleve, en realidad, ningún efecto positivo.

Lo importante, como siempre, es que nos mantengamos actualizados, que incorporemos ágilmente los nuevos datos obtenidos por la ciencia, que no perpetuemos mitos sin fundamento, y que aprovechemos una experiencia tan negativa como una pandemia para aprender y evitar las cosas que hacíamos mal en nuestras ciudades. Reimaginemos el transporte en las ciudades sin dejarnos llevar por miedos infundados. Que no nos tiemble el pulso para cambiar cosas. Durante bastante tiempo vamos a tener que cambiar muchas cosas, sin duda. Pero cambiemos las cosas que hay que cambiar, no las que no tienen ningún sentido.



Enrique Dans
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