La tecnología y el desconfinamiento

IMAGE: Pxhere (CC0)

Según a qué actividad te dediques, pensar en la llamada fase de desescalado o desconfinamiento de la pandemia y en cómo va a ser nuestra vida mientras convivamos con el virus y sin vacunas ni tratamientos adecuados es, como mínimo, desolador.

Cada vez son más los países que están anunciando planes para el fin del confinamiento, pero en la gran mayoría de los casos, se limitan a decir que será necesario mantener la distancia social, usar mascarillas, y una serie de advertencias genéricas más. Sin embargo, pocos están entrando en la casuística que esas medidas, si se toman en serio con el fin de evitar nuevos brotes de la enfermedad, generan a todos los niveles.

¿Qué ocurre, por ejemplo, con todos aquellos negocios que concentran personas en un espacio determinado? Si tu negocio conlleva admitir a personas en un edificio o recinto para que mantengan en el mismo algún tipo de actividad, sea una universidad, un cine o un restaurante, por ejemplo, es más que probable que debas plantearte la instalación de sistemas de admisión basados en cámaras infrarrojas capaces de detectar fiebre, como vemos en la imagen, si quieren tomarse las medidas de precaución con un mínimo de seriedad. Si esas personas que admites en tus instalaciones forman parte, además, de un conjunto definido y concreto, como tu plantilla de trabajadores, tus estudiantes, etc., deberás además plantearte tener tests diagnósticos disponibles para utilizarlos, bien sea de manera sistemática, o en los casos en los que se genere una duda razonable, como aquellos que reciban alertas en sus smartphones notificándoles que han estado en contacto con una persona infectada.

Esa cuestión, la de la tecnología utilizada para la trazabilidad del contagio, resulta también compleja. Ante la iniciativa de Apple y Google para desarrollar ese tipo de aplicación de contact tracing, la respuesta de la Unión Europea ha sido ponerla bajo escrutinio para comprobar que respeta la legislación de privacidad, y abrir con ello toda una discusión sobre las prioridades en la relación entre privacidad y salud pública. Idealmente, la trazabilidad del contagio debería poder hacerse únicamente con identificadores anónimos transmitidos mediante Bluetooth, pero en la práctica, el escalado de una solución así supone intercambiar con cierta frecuencia una gran cantidad de datos, con los problemas que ello conlleva.

En una comunidad relativamente pequeña y con una elevada conciencia cívica como Singapur, la primera en lanzar y en abrir el código de un sistema así, TraceTogether, el esquema puede ser manejable, pero al llevarlo a comunidades de mayor tamaño, instituciones como el MIT están recurriendo a aplicaciones mixtas en las que se hace uso de la geolocalización para segmentar al menos las áreas en las que una persona ha estado, y elevar así la eficiencia del intercambio de identificadores mientras afirman seguir garantizando la privacidad del usuario. Por otro lado, surge la complicación de la obligatoriedad, que en principio contradice las reglas de la Unión Europea, o del control de comportamientos incívicos, bien sean reportes falsos de personas que afirman estar infectadas sin estarlo, o al revés, que no reportan su infección. O de qué hacer con todos esos usuarios para los que el simple proceso de instalar una app, activar el Bluetooth o mantener su smartphone con un nivel mínimo de batería ya supone todo un reto tecnológico (y más aún considerando que mantener una app en segundo plano durante todo el tiempo e intercambiando códigos mediante Bluetooth supondrá una considerable reducción del tiempo de uso del dispositivo).

Por otro lado, ¿quién debe custodiar esos datos, aunque sea temporalmente, y garantizar su buen uso? ¿Empresas privadas? ¿Gobiernos? ¿Y cómo responder a una situación como la que se está generando, en la que se ofrecen varias iniciativas para la trazabilidad del contagio propuestas por diversas empresas e instituciones? ¿Interoperabilidad? ¿Elección de una e imposición de su uso frente a otras?

El trabajo diagnóstico, como ya comenté antes de la declaración de la pandemia, también resulta imprescindible y fundamental. Se está avanzando para hacer esos tests diagnósticos cada vez más sencillos y más baratos, pero vistas las dificultades de algunos países para obtenerlos, está claro que aún distamos mucho de estar ahí. Posiblemente sea un buen momento para hablar de salud preventiva, de monitorización de personas en base a wearables o a dispositivos sencillos de diversos tipos, y al futuro de sistemas de salud basados en la detección temprana de enfermedades y dolencias, susceptible de ahorrar no solo sufrimiento al paciente, sino además, dinero al sistema de salud.

Tecnológicamente, el desescalado y la salida del confinamiento supone, si se quiere hacer bien y evitar otra oleada de la enfermedad, numerosos retos. Hablamos de utilizar mascarillas en todo momento, pero olvidamos, por ejemplo, qué ocurre con personas sordas que necesitan ver los labios y los gestos de sus interlocutores, o con todos aquellos sistemas que utilizan el reconocimiento facial para la admisión en unas instalaciones o para desbloquear nuestros dispositivos: ¿funciona la protección de una mascarilla si cada poco tiempo tenemos que levantarla para desbloquear un dispositivo o para ser admitidos en un espacio determinado? ¿Seremos capaces de hacer eso manteniendo la debida asepsia?

Sí, sin duda, la tecnología puede ayudar en la salida del confinamiento y en la fase subsiguiente. Pero como en tantas otras cosas, el diablo está en los detalles, y si hacemos las cosas mal, esa propuesta de valor de la tecnología se verá sensiblemente disminuida. En su momento, cuando se declaró la pandemia, se hicieron muchas cosas mal porque era una situación de urgencia. Sin embargo, el desconfinamiento, dentro de un orden, puede planificarse bastante mejor. Hagamos las cosas bien, por favor. Nos jugamos mucho.



Enrique Dans
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