La pandemia y la tragedia del jefe inadaptado

IMAGE: Funnyjunk.com

Un reportaje de Bloomberg comenta cómo la necesidad de trabajar desde casa durante el período de confinamiento derivado de la pandemia ha desencadenado un fuerte incremento del interés de muchas compañías por paquetes de software de monitorización remota destinados a la vigilancia de sus empleados, como ActivTrack, Hubstaff, innerActiv, InterGuard, Time Doctor, Sneek, Teramind, VeriClock u otros. Según algunas de estas compañías, la demanda de sus productos se ha incrementado desde el inicio de la pandemia en más de diez veces.

Aplicaciones que, en muchos casos, no permiten su control ni su desinstalación por parte del usuario, que toman imágenes cada pocos minutos y construyen videowalls con todos los empleados para que un supervisor desquiciado pueda, desde su pantalla, sentir la sensación de tenerlos a todos bajo control. En algunos casos, se añaden prestaciones de control de la navegación o métricas que evalúan parámetros que van desde el número de correos electrónicos enviados, las líneas de código tecleadas u otras tareas.

Cuando termine el período de confinamiento, algunas compañías inteligentes tratarán de replantearse sus flujos de trabajo, y de aprovechar e incorporar prácticas que, tras semanas de reuniones mediante videoconferencia y de tareas llevadas a cabo desde casa, podrían haber devenido en hábitos. En un contexto así, los directivos dedicados al micromanagement hasta el punto de desplazar esa obsesión por el control hasta los entornos virtuales no son más que patéticos inadaptados, reliquias de un estilo directivo, de una cultura que jamás ha hecho bien a nada ni a nadie, que ya estaba desfasada antes de que la tecnología la convirtiese en prácticamente una perversión. Una cultura de vigilancia que además, en muchos sentidos, se ha visto perpetuada por numerosos enfoques erróneos en la educación.

Si algo debe enseñarnos un período como este, en el que muchos se vieron forzados a adopciones tecnológicas de emergencia para poder mantener su actividad en una situación excepcional, es que las relaciones laborales deberían basarse en la confianza, y el control debería limitarse a aquellas magnitudes razonables y pactadas, sean cuantitativas o cualitativas, pero nunca tan patéticas y absurdas como el tiempo que una persona pasa sentado en su puesto de trabajo o delante de una pantalla. Obsesiones heredadas de un pasado industrial, trasladadas a entornos en los que resultan cada vez más anacrónicos: primero las oficinas, después la red. Y a medida que avanzamos en esa transición, la práctica va teniendo cada vez menos sentido.

Si la cultura de tu compañía se basa en el micromanagement, vete pensando en cómo gestionar la transición para librarte de ella. Un directivo adicto al micromanagement desencadena en aquellas personas que tienen la desgracia de trabajar con él precisamente lo contrario a lo que supuestamente pretende: por lo general, incentiva al engaño, a falsear las métricas o a engañar al control. Si la transición a un entorno virtual te lleva a pensar que podrás, con las herramientas adecuadas, ejercer un control igual o mayor que el que ejercías en el entorno presencial, ten cuidado: es solo un síntoma de que algo está mal en la forma en que entiendes el trabajo y las relaciones profesionales. Estarás probando, simplemente, ser un inadaptado.

No nos engañemos: que la tecnología permita hacer algo no quiere decir necesariamente que hacerlo sea una buena idea.



Enrique Dans
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