La pandemia y el cambio de mentalidad

IMAGE: Panos13121 - Pixabay (CC0)

Con los casos de coronavirus volviendo a subir en muchos países desde mediados de junio, la evidencia es cada vez más clara: no hemos sabido entender lo que está pasando. El empeño en retomar la normalidad y las prisas por relanzar la economía están dando paso, antes de lo que razonablemente se esperaba con la vuelta del tiempo frío, a una fuerte aceleración en la expansión del virus y en el número de muertes que augura una crisis aún más grave de lo esperado.

La mala gestión que nos llevó, en los pasados meses de febrero y marzo, a pasar por alto la brutal expansión de la enfermedad y a no entender la naturaleza exponencial de su transmisión se está volviendo a repetir: los irresponsables llamamientos a la normalización de muchos gobernantes, unidos a la incapacidad de muchos ciudadanos para entender la importancia de las medidas de prevención, están originando nuevos brotes asociados a, por ejemplo, bolsas de trabajadores inmigrantes en el golfo pérsico o de temporeros en España, a los restaurantes, a las reuniones familiares o al ocio nocturno. Hábitos que formaban parte de nuestra normalidad anterior, situaciones en las que resulta muy difícil o casi imposible mantener las precauciones necesarias para evitar una infección, y que reflejan el verdadero problema: seguimos pensando que la pandemia es algo coyuntural. No estamos siquiera ante una segunda ola: en realidad, seguimos en la primera.

La aparición de un virus con una fortísima capacidad infecciosa que anteriormente no afectaba a los seres humanos y que ahora sí lo hace no es una simple coyuntura. No estamos esperando a que se pase, o a que se vaya. Los virus no «hacen las maletas», no «se toman vacaciones» y no «desaparecen mágicamente». El virus, ahora, forma parte de nuestro entorno, está entre nosotros, y lo va a seguir estando durante mucho tiempo. Desoír los consejos de los científicos y pensar que son aguafiestas que quieren evitar que se recupere la economía es lo mismo que apostar por una crisis todavía más larga, grave y sostenida. De nada vale volver a poner en marcha sectores económicos que se consideran importantes para la economía de un país, si a los catorce días, cuando se cumple el ciclo de infección del virus, tienes que volver a hacer sonar las alarmas y a parar de nuevo.

¿Que debemos hacer ante un virus que resulta ser incompatible con la economía que considerábamos normal? Dado que el virus no va a cambiar sus hábitos, y que incluso cuando dispongamos de una vacuna, es bastante razonable pensar que no va a ser precisamente un mágico remedio, la única alternativa es cambiar nuestra economía. Cambiar nuestra forma de vivir. Empezar a pensar que muchas de las cosas que hacíamos antes de marzo de este año no van a volver. ¿Ocio nocturno? ¿En un interior con música alta, en el que te tienes que sacar la mascarilla para beber y te tienes que acercar mucho para escuchar? Olvídalo. No, no hablamos de unas semanas… es que durante mucho, mucho tiempo, tendrá que desaparecer, que ser erradicado radicalmente. ¿Medida impopular? ¿Parte importante de la economía? Espera… creo que hay algo que no has entendido: más impopular es morirse, o provocar un rebrote que mate a decenas de personas. Hablamos de escalas de valores, no de conveniencia o de cuentas de resultados.

¿De qué diablos vale que te hagas un test si, en los cuatro días que pasan hasta que te dan los resultados, has ido al supermercado, a una fiesta, a una reunión familiar y a tomarte unas copas? O seguimos evolucionando nuestras metodologías para obtener pruebas diagnósticas baratas, inmediatas y sencillas que nos podamos hacer constantemente, o seguiremos persiguiendo sombras en la pared.

Pero más allá de la prueba diagnóstica o de la vacuna, hablamos de cambios mucho más radicales. Un nuevo ecosistema implica un rediseño, en muchas ocasiones radical, de muchas de nuestras actividades. Las ciudades, los restaurantes, el espacio interior frente a la alternativa exterior, los viajes, las prisiones, las cadenas de suministro, el cuidado de la salud, el comercio, la educación, el trabajo, la comunicación… un cambio enorme que, obviamente, la gran mayoría de la población no ha alcanzado aún siquiera a imaginar.

En su mayor parte, los ciudadanos se confinaron en sus casas a la espera de que las medidas de emergencia terminasen, pensando en volver a salir a la calle y hacer, con leves cambios como llevar una mascarilla, lo mismo que hacían antes del pasado marzo. Muchos incluso consideran estúpidamente la mascarilla como una opción política, o la perciben como tan incómoda, que están esperando ansiosamente la oportunidad de quitársela o de dejarse la nariz fuera, como si fuera un accesorio de moda. ¿El resultado? Lo estamos viendo ya.

No, una pandemia como esta no admite que volvamos a los hábitos de siempre como si no hubiera pasado nada. Exige que rediseñemos la economía, que repensemos nuestra necesidad de crecimiento, que diseñemos mejores sistemas de rescate para los más vulnerables, que tracemos nuestros contactos constantemente y de forma automatizada, que compartamos la investigación y el aprendizaje, y que rediseñemos todo el esquema para poner por delante a las personas, no a los beneficios empresariales.

La única alternativa que tenemos – y hablo de la única, no de algún tipo de disyuntiva, es rediseñar nuestras vidas en torno a una situación nueva que no va a desaparecer en ningún momento cercano. Mientras no entendamos eso, seguiremos penosamente alternando fases de contención con fases de expansión, esperando inútilmente una recuperación que en todos los casos devendrá en un espejismo, y en muchos casos, desgraciadamente, muriendo como chinches. O cambiamos de mentalidad y redefinimos la economía que conocemos, o seguiremos dando oportunidades al virus para que se multiplique.

Esta pandemia va mucho más allá de mascarillas, geles hidroalcohólicos o confinamientos. El cambio que necesitamos no es algo que se haga de un día para otro. Pero cuanto antes lo entendamos, antes podremos exigir a los políticos a todos los niveles que lo diseñen e implementen, antes nos plantearemos reaccionar adecuadamente cuando nos lo anuncien, y antes podremos darnos cuenta de que, aunque aún no lo creamos, el mundo ha cambiado, ante nuestros ojos, en unos pocos meses. Y cuando tu mundo cambia, si insistes en seguir haciendo las cosas como si no hubiera cambiado, no te auguro ningún buen futuro.



Enrique Dans
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