La innovación del futuro, en manos del Congreso de los Estados Unidos

IMAGE: US Congress seal

Tras seis largas horas de comparecencia ante el Congreso de los Estados Unidos de los cuatros CEOs de cuatro de algunas de las grandes compañías tecnológicas a través de una pantalla, en las que el Congreso, en esta ocasión, sí estuvo a la altura de las expectativas y demostró haber hecho sus deberes con notable competencia, las cosas no pueden estar más claras: las compañías en cuestión, tal como existen hoy, tienen poder monopolístico. Algunas de ellas tendrán que ser divididas, y todas ellas deben ser debidamente reguladas.

Esas no son mis palabras, sino las de David Cicilline, presidente del subcomité antimonopolio de la Cámara. A lo largo de la sesión, en la que Facebook, Alphabet y Amazon recibieron aproximadamente el doble de preguntas que Apple, hubo numerosos momentos en los que los CEOs de las big tech se vieron claramente acorralados, con preguntas a las que no podían responder y que claramente evidenciaban que sus empresas habían tomado decisiones o llevado a cabo acciones que vulneraban conceptos que la legislación anti-monopolio debería proteger.

El Congreso, tras esta sesión, sabe perfectamente lo que ocurre con el poder monopolístico de estas compañías, y además, tiene algo que probablemente sea todavía más importante: un enorme archivo documental en el que se detallan infinidad de ejemplos que lo demuestran. Algunos de esos ejemplos salieron, de hecho, durante la sesión, pero es evidente que son únicamente una muestra: hay muchos, muchos más.

Lo que el Congreso ahora sabe a ciencia cierta es que hablamos de compañías que durante muchos años, han actuado sin ningún tipo de límites en ese sentido, y que de ello, en gran medida, se deriva la situación actual. Esa situación demanda claramente medidas de protección: por mucho que parezca que la situación de dominio monopolístico de sus mercados eso ha sido bueno para la economia norteamericana en su conjunto gracias al formidable crecimiento de esas compañías, y que por esa razón – beneficiar a compañías norteamericanas – se ha sido más laxo en la aplicación de esa legislación antimonopolio, la realidad es otra.

La gran realidad es que a lo largo de la última década, lo que hemos visto es cómo un ecosistema antes enormemente dinámico y pujante se ha ido convirtiendo en otro en el que la mayor parte de la innovación provenía de muy pocos sitios, de muy pocos protagonistas, y que todo lo que podía aparecer que perturbase ese dominio resultaba indefectiblemente adquirido, neutralizado o copiado. A lo largo de ese tiempo en la que esas compañías han construido sus fastuosos imperios, ha habido numerosos consumidores, proveedores o competidores que se han visto perjudicados por unas condiciones de mercado injustas, merced a la desaparición de unas protecciones que deberían haber estado ahí.

Desde fuera de los Estados Unidos, y en particular desde Europa, que se ha distinguido particularmente por tratar de ejercer esas protecciones anti-monopolio de una forma más decidida que, en muchos momentos, fue interpretada como la frustración de no tener campeones locales que compitiesen con esas grandes compañías norteamericanas, la sesión del Congreso es la confirmación de que, en efecto, había mucho que proteger en esos mercados, y era importante tratar de hacerlo. Se mire como se mire, la sesión puede ser considerada, en muchos sentidos, como algo histórico.

¿Qué ocurrirá en el futuro? Es muy difícil saberlo, porque una cosa es constatar que existe una disfuncionalidad en el mercado, y otra muy distinta, plantear medidas para corregirlo de manera efectiva. A corto plazo, sin duda, veremos una supervisión mucho mayor sobre las adquisiciones de estas compañías, porque ese es uno de los mecanismos por el que han logrado cimentar su apabullante dominio. Esa, curiosamente, no será una medida popular: el resultado de un ecosistema en el que todo aquello que destacaba era rápidamente adquirido por una gran tecnológica lleva, como bien sabemos, a que surjan muchos emprendedores enfocados a crear compañías no necesariamente viables, pero destinadas a ser adquiridas rápidamente y a generarles un pingüe beneficio. Si ahora esas adquisiciones, que son muchísimas y ocurren con mucha más frecuencia de lo que muchos creen, se regulan y se controlan mucho más, veremos cambios, y afectarán a muchas cosas que ya considerábamos normales.

En segundo lugar, y posiblemente a más largo plazo, veremos operaciones mucho más complejas: el caso de Facebook, por ejemplo, que trató de hacer ver que no debería estar ahí porque era «la más pequeña de las cuatro», parece muy claro. Sabemos que adquirió Instagram o WhatsApp no porque le interesase su tecnología, sino para neutralizarlas como posible amenaza, y que hay evidencias suficientes como para obligarla a algo tan complejo como retrotraer esas operaciones, escindiendo la compañía. Si alguien pensaba que la sesión del Congreso no iba a generar ningún cambio real en términos de legislación, muy probablemente se equivoque.

Pero lo importante en esto, si efectivamente la agenda continúa como debe continuar, deberían ser los efectos a largo plazo. Los que llevamos décadas analizando el panorama de la tecnología recordamos con auténtica nostalgia aquella época en la que constantemente aparecían nuevos productos, servicios, aplicaciones y novedades protagonizados por nuevos entrantes, por emprendedores de todo tipo que simplemente tenían una idea, la lanzaban, y triunfaban.

Hoy, eso prácticamente ha desaparecido, y la inmensa mayoría de las noticias vienen de cuatro, cinco o seis compañías. Eso es algo que, decididamente, hay que corregir. Y ahora, el Congreso lo sabe. Necesitamos volver al dinamismo innovador y competitivo de entonces, ese que la ausencia de una legislación anti-monopolio real convirtió en el panorama que hoy conocemos. Enfrente, los grandes triunfadores de una época de excesos: multibillonarios que aprovecharon esa ausencia de protecciones para abusar del mercado, inscribir su nombre en la lista Forbes, y crear algunas de las compañías más ricas, poderosas e influyentes de la historia.

Ahora, el comité desarrollará un conjunto de recomendaciones y las emitirá en un informe final a fines de agosto. La innovación que se pueda generar en el futuro estará, en gran medida, en manos de esas recomendaciones y de lo que se haga con ellas. No pongamos toda nuestra esperanza en ello: han sido demasiadas las ocasiones en las que o bien no se ha hecho realmente nada efectivo, o en las que se ha tratado de regular con trazo grueso y se ha hecho mal. Pero algo sabemos: si esa responsabilidad no es importante, pocas lo son.



Enrique Dans
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