La energía solar como la próxima gran disrupción

IMAGE: Bruno - Pixabay (CC0)

Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La apuesta correcta» (pdf), y habla de la energía solar como la próxima gran disrupción, acabando con todos aquellos mitos y leyendas negras acerca de su falta de rentabilidad sin subvenciones, o de las instalaciones que generaban energía por las noches mediante generadores diesel. Todo aquello forma parte de un pasado en el que, efectivamente, se plantearon mal muchas cosas, pero en el que además, las variables económicas eran completamente diferentes.

Desde las primeras instalaciones destinadas al aprovechamiento de la energía solar, la tecnología ha evolucionado de manera exponencial. El coste y la eficiencia de las células solares ha mejorado de manera exponencial, lo que ha llevado a que, a día de hoy, sea mucho más barato ya no solo montar una planta de energía solar que su equivalente convencional alimentada por combustibles fósiles, sino que incluso es más barato que el propio mantenimiento de su alternativa, aparte por supuesto de la brutal diferencia que plantea en términos de huella de carbono.

El resultado es que las inversiones en energía solar se están multiplicando en todo el mundo porque ahora son muchísimo más baratas, tanto que incluso los países árabes o potencias emergentes como India apuestan por su instalación. Ya no es un compromiso ambiental: es una cuestión de costes y de rentabilidad, de apostar por una tecnología que cuesta menos y produce más barato. Hoy es perfectamente normal ver, en las subastas energéticas, a plantas solares que ofertan precios que llegan a los 4 céntimos por kilovatio-hora. Una central térmica alimentada por carbón no solo es incapaz de llegar a ese precio, es que simplemente el carbón que quema le sale más caro que eso. Un diferencial de costes que se incrementa con el tiempo, y que es fundamental entender. Si sigues analizando la energía solar con los parámetros que ofrecía hace diez o veinte años, estarás invariablemente perdiendo una oportunidad enorme.

¿Hacia dónde vamos? Hacia un futuro en el que la energía será, simplemente, demasiado barata como para que compense medirla, como previamente ocurrió con, por ejemplo, las telecomunicaciones. De cara al futuro, los triunfadores serán aquellos países que teniendo una insolación razonable, se planteen aprovecharlo adecuadamente. La energía solar no es magia: en una gran parte de Europa, por ejemplo, el abastecimiento de sol es escaso durante muchos meses, que suelen ser precisamente aquellos en los que la demanda energética se incrementa, lo que les obligará a buscar soluciones adicionales en la energía eólica, hidroeléctrica, geotérmica, mareomotriz o de muchos otros tipos. Pero pretender que la energía solar no funciona «porque el sol no brilla por la noche», en un entorno en el que la otra gran tecnología implicada, las baterías, son también cada vez más baratas, es de un simplismo insultante, o propio de políticos directamente disfuncionales.

Que el Congreso de los Estados Unidos plantee incluir la financiación de treinta millones de techos solares en las medidas de recuperación económica tras la pandemia no es una opción ideológica: es una cuestión de lógica. Por un lado, permite la obtención de una energía muy barata, y por otro, genera un tejido económico sostenible. En el caso de España, que tiene sol abundante y carece de unos combustibles fósiles que tiene que importar, la cuestión es tan profundamente obvia que no admite ningún tipo de discusión: de cara al futuro, tendríamos que estar apostando por la energía solar de manera decidida. La crisis es, precisamente, el momento de plantearse ese tipo de cuestiones. Es el momento de hacer las apuestas correctas.



Enrique Dans
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