La disrupción satelital

IMAGE: Starlink Mission (CC0)

Las noticias de lanzamientos de satélites Starlink por parte de SpaceX pueden, cada día más, pasar desapercibidas: uno nunca sabe si está oyendo hablar siempre de la misma, o si de verdad se están produciendo tantas como se comentan.

La realidad es lo que parece: desde el primer lanzamiento de dos satélites el 22 de febrero de 2018, se han producido nada menos que quince lanzamientos más, la gran mayoría con sesenta satélites cada uno (menos los del 13 de junio y 18 de agosto de 2020, que lanzaron 58, y el del 7 de agosto de 2020, que puso en órbita 57), el último ayer, para un total de 895 satélites en órbita, que menos los 51 que ha habido que retirar por problemas de diversos tipos, suman un total, a día de hoy, de 844, para un despliegue total previsto en su primera fase de 1440 satélites en 72 planos orbitales de 20 satélites cada uno. La producción actual de la compañía, que ya ha solicitado permisos para poner en órbita 30,000 más, es de cuatro satélites al día, y en este momento está ultimando el desarrollo de Starship, un cohete más pesado que le permitiría poner en órbita 400 satélites a la vez.

Con el número actual de satélites que tiene ya girando alrededor de nuestro planeta, la compañía puede ya brindar servicios de conectividad en banda ancha a pueblos asolados por incendios forestales, a tribus indias remotas, y hasta se plantea como una alternativa a la red GPS para la geolocalización. La compañía ha cerrado un acuerdo con Microsoft para proporcionar conectividad en cualquier lugar del planeta, y la idea de Elon Musk es sacar a bolsa Starlink dentro de unos pocos años, cuando sus ingresos se estabilicen. El pasado febrero, la compañía levantó 250 millones sobre una valoración de 36,000 millones, lo que la coloca en una muy buena ruta de cara a ese objetivo.

Una vez más, la compañía de Musk sigue el plan maestro de todas las anteriores: la explotación de las economías de escala y aprendizaje. Cada lanzamiento sale más barato que el anterior, progresa más en las tecnologías de reutilización de componentes, y le permite compartir costes con otros proyectos. De ser un proyecto inicialmente considerado como anecdótico, ha pasado a batir a la todopoderosa Boeing en la misión de poner a dos personas en órbita, y de ahí, a la disrupción de las telecomunicaciones.

¿En cuánto tiempo podremos plantearnos, en cualquier lugar del mundo por remoto que sea, la recepción de conectividad bidireccional con un ancho de banda razonable? ¿Qué ocurrirá entonces con las inversiones en infraestructura terrestre? ¿Cómo encajan esos planes con la idea de conectar al siguiente billón de usuarios? ¿Cuánto puede llegar a valer una compañía así?



Enrique Dans
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