La comida a casa y el plato de segunda mesa

IMAGE: Hany Alashkar - Pixabay (CC0)

Tras tratar infructuosamente de adquirir Grubhub y terminar desesperada y viendo cómo terminaba siendo vendida a la europea Just Eat por 7,300 millones de dólares, Uber anuncia la adquisición de otra compañía de envío de comida a domicilio, Postmates, por bastante menos dinero, 2,650 millones, pagados íntegramente en acciones. Básicamente, si siendo la tercera compañía en cuota de mercado en el envío de comida a domicilio (22%) no puedes comprar a la compañía líder en su industria, DoorDash (45%), y tampoco eres capaz de conseguirlo con la segunda, Grubhub (23%), inténtalo entonces con la cuarta (8%). Y si en vez de pagar con dinero, puedes hacerlo con papelitos, pues mejor aún.

Al CEO de Uber, Dara Khosrowshahi, ampliamente bregado en operaciones de adquisición en su etapa anterior en Expedia (cuarenta y una transacciones de ese tipo por un total de 12,700 millones durante su tiempo como CEO), no se le iba a escapar la oportunidad de crecer por esa vía en un mercado que estima como su tabla de salvación ante la crisis provocada por una pandemia que, en el caso del mercado norteamericano, amenaza con seguir siendo parte del panorama al menos hasta que cambie al fin el inquilino de la Casa Blanca y llegue uno capaz de plantear soluciones que tengan un mínimo de sentido.

A Postmates, por su parte, parece que lo de ser plato de segunda mesa parece que le importa más bien poco. En este entorno, y tras haber pospuesto su salida a bolsa el pasado año, aceptar una adquisición por 2,650 millones sobre una valoración reciente de 2,400 no es poca cosa.

¿Por qué tiene Uber tanto empeño en aumentar su cuota de mercado en el complejo mercado del envío de comida a domicilio? Simplemente, porque lo ve como una solución a un problema importantísimo: la fortísima caída de su negocio principal, el transporte de personas, durante la etapa de confinamientos derivada de la pandemia. Durante el tiempo que duraron las medidas de confinamiento, los desplazamientos se redujeron, lógicamente, a su mínima expresión, mientras que su otro negocio digno de consideración, Uber Eats, fue la que permitió mantener un cierto nivel de actividad. Visto así, y ante una pandemia que, en efecto, amenaza con seguir proyectando su siniestra sombra sobre las vidas de los norteamericanos (que en muchos estados nunca llegaron a hacer un confinamiento realmente efectivo y que, en muchos casos, se niegan incluso a utilizar mascarillas) durante bastante tiempo, la idea de apuntalarse en un negocio contracíclico, es decir, que se ve favorecido precisamente por las medidas de confinamiento como la entrega de comida a domicilio, podría tener bastante sentido.

¿Dónde está el problema? Que el negocio que teóricamente debería servir como balance para ese ciclo no acaba, aparentemente, de funcionar demasiado bien. Fijémonos en las cifras de Grubhub: durante las medidas de confinamiento derivadas de la pandemia, la compañía experimentó un fuerte incremento de su actividad, que le sirvió para… ¡perder más dinero! En efecto, la industria del envío a domicilio, como bien demostraba el famoso y viral experimento de las pizzas, funciona a pérdidas: según algunos análisis, Uber Eats pierde actualmente en torno a 3.36 dólares en cada pedido, y se espera que siga así durante al menos los próximos cinco años.

¿Por qué tratar de expandirse agresivamente y mediante adquisiciones en un negocio en el que se pierde dinero cada vez que un cliente hace un pedido? Muy simple: porque se espera que esa tendencia, en algún momento y debido a algún tipo de cambio de variable en el entorno, se invierta, y el negocio pase a ser rentable. ¿Suena conocido? Es exactamente lo mismo que ocurre con el otro negocio de Uber, el principal: durante mucho tiempo, Uber – y Lyft, y muchos otros similares – han perdido dinero transportándonos de un lado al otro de la ciudad, a la espera de que el principal factor de coste de esos desplazamientos, el conductor, desaparezca de la ecuación. La única explicación que hace que inversores presuntamente razonables como los capitalistas de riesgo – arriesgados, sí, pero supuestamente racionales – inviertan en una compañía como Uber es que estén capitalizando la llegada de una tecnología, el vehículo autónomo, que de un plumazo hace desaparecer nada menos que un 70% del coste de una carrera. A partir de ahí, días de vino y rosas: a disfrutar de la cuota duramente ganada durante la etapa de pérdidas.

Con el envío de comida a domicilio pasa lo mismo: haz desaparecer mágicamente al conductor de la moto, bicicleta o coche que pasea tu comida desde el restaurante hasta tu casa, y automáticamente, las cuentas salen, y presuntamente muy bien. De hecho, Postmates parece de las destacadas en ese sentido con sus robots, aunque tengan baby-sitter. Mientras esa circunstancia no llega y sigues teniendo que pagar conductores humanos, simplemente trata de expandir el hábito lo más que puedas – no existe ninguna otra compañía, tal vez con la excepción de YouTube y LinkedIn, cuyas ofertas haya ignorado más veces que las de Uber Eats – y además, de situarte como primera opción en la mente de cuantos más consumidores, mejor. Mientras el panorama no se aclare, solo queda la guerra, y esta en concreto se anticipa muy larga y muy cruenta. Sin duda, es un terreno en el que veremos más operaciones de adquisición.

¿Realmente, como me preguntaba hace no mucho tiempo, vamos en el futuro a convertir el pedir comida a domicilio en uno de nuestros hábitos más, perdón por la redundancia, habituales? ¿Cuántas veces a la semana pides comida a domicilio? Lo pregunto no solo por valorar el posible negocio de ese tipo de compañías, sino también por otra serie de motivos, el primero de todos, tu salud. La comida a domicilio tiende a ser, por lo general, bastante menos saludable que la que se cocina en casa. En segundo lugar, por tu economía: la misma comida cocinada en tu casa te saldrá casi siempre más barata, en muchos casos incluso aunque introduzcas en la ecuación el tiempo que dedicas a hacerla, salvo, lógicamente, que tengas un sueldo de seis cifras y pretendas imputar a la actividad de cocinar ese mismo sueldo. Y en tercer lugar, por el planeta: la comida a domicilio genera, desgraciadamente y mientras no lo arreglemos, una gran cantidad de residuos.

Todo puede modificarse. Existen opciones para ser enviadas a casa que son saludables y preparadas con ingredientes escogidos cuidadosamente, aunque tienden a ser más caras, e indudablemente, el problema de los residuos y del uso intensivo de plástico puede también moderarse. Pero en la situación en la que está ahora, el consumo habitual de comida enviada a domicilio puede llegar a representar tanto un problema de salud o de economía, como medioambiental. Y sin embargo, el movimiento de Uber parece demostrar que no solo está aquí para quedarse, sino que, al menos en su análisis de escenarios, se espera que crezca mucho más: básicamente, que muchísima más gente deje de cocinar en casa y, en su lugar, pida su comida a uno de estos servicios.

Veremos cómo evoluciona esta tendencia. Por el momento, todo indica que Uber lo tiene mucho más claro que yo.



Enrique Dans
Enlace: La comida a casa y el plato de segunda mesa

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies