Esto no se ha terminado: aún nos queda mucho por desaprender

IMAGE: "How the Virus Won" - The New York Times (June 25, 2020)

Acabo de volver a casa tras la que ha sido mi primera clase presencial desde principios del mes de marzo. Poquísimos alumnos en clase, la mayoría desde sus casas a través de Zoom, muchísimas mesas con una X que las marca como vacías, mamparas de metacrilato en la primera fila, cámaras termográficas en la puerta, dispensadores de gel hidroalcohólico por todas partes, cámaras y monitores adicionales en las aulas… nada siquiera mínimamente parecido a algo que pudiésemos pensar en llamar «normalidad».

Y mi clase ha sido en IE University, una institución que se ha tomado enormemente en serio las medidas de seguridad y que cuenta con los medios para instalar todo lo que sea necesario instalar. He salido de mi casa, me he metido en mi coche, he aparcado a pocos metros de la puerta, y he dado mi clase. Sin más problemas, sin ninguna inquietud ni percepción de peligro. Pero si salgo de ese entorno y miro alrededor, lo que veo hace cualquier cosa menos tranquilizarme: personas con aparente sensación de que «todo ha terminado», con la mascarilla a medio poner dejando la nariz fuera, colgando de una oreja o en la papada, yendo a fiestas… y cifras de contagios que vuelven a subir.

No, esto no ha terminado. No tengo el menor incentivo para ser tremendista, pero esta pandemia está muy lejos de haber concluido. No, no estamos esperando ninguna segunda fase: estamos aún completamente metidos hasta el cuello en la primera. La Organización Mundial de la Salud está avisando de todas las formas posibles: las infecciones están aún en fase ascendente, y especialmente en algunos países. El mapa con el que ilustro este artículo, tomado del una impresionante infografía de The New York Times, «How the virus won«, y que muestra el número de casos confirmados entre el 9 y el 23 de junio, lo deja meridianamente claro: presionados por volver a abrir sus economías, muchos países decidieron ignorar la evolución de la transmisión de la enfermedad, y están experimentando fortísimas oleadas de infecciones, en algunos casos con una elevada letalidad. El mapa es aterrador. Y los que podríamos dibujar en Brasil, México, Perú, Chile, Rusia o India no son para nada mejores.

El caso de los Estados Unidos es especialmente grave: llevados por la grandilocuencia de un presidente que parece estar ya en la fase de «emperador loco» capaz de tocar la lira mientras su país arde, y por una campaña de muchos de sus seguidores y de bots que presionaban para la apertura y que en muchos casos se niegan a utilizar mascarilla, los Estados Unidos parecen haber decidido colectivamente ignorar la pandemia, algo que está dando alas al ritmo de la infección. Múltiples estados están evolucionando fuertemente al alza en el número de casos y de víctimas, otros están falseando las cifras de tests o de víctimas, o respondiendo de formas que llevan a la pandemia a evolucionar a peor.

La respuesta a la pandemia del ejecutivo de Donald Trump, junto con sus homólogos – nunca mejor dicho – en Rusia y Brasil, Vladimir Putin y Jair Bolsonaro respectivamente, ha llevado a su país a encabezar el ranking mundial por número de casos y de víctimas, algo completamente incomprensible tratándose de una superpotencia mundial, de uno de los países más ricos del mundo, con algunos de los mejores científicos, innovadores, emprendedores, universidades, ejército y funcionarios gubernamentales del mundo. Como recientemente afirmaba un artículo de Max Boot en el Washington Post, si Donald Trump hubiese sido presidente durante la Segunda Guerra mundial, este artículo estaría escrito en alemán.

A medida que evoluciona, la pandemia se vuelve menos democrática: ahora, incluso en el inexplicable caso de los Estados Unidos, se ceba con países pobres y con comunidades que, simplemente, no pueden permitirse el lujo de pensar en un confinamiento, porque carecen de recursos económicos para soportarlo. Además, ahora sabemos que los factores de riesgo no se limitan a la edad, sino que incluyen afecciones renales, pulmonares, cardiovasculares, diabetes, obesidad, y de otros tipos.

La evolución de la pandemia está dejando claro, sobre todo, lo espantosamente malos que somos a la hora de aprender unos de otros: la aterradora evolución de los Estados Unidos tras el fin de las medidas de confinamiento o los nuevos brotes en otros países no están aparentemente enseñando nada a los países que van por detrás, o a ningún otro: somos muy rápidos olvidando, y eso nos convierte en mucho más vulnerables ante nuevas oleadas o ante otras pandemias.

¿Qué se puede hacer ante una pandemia aparentemente incompatible con una gran parte de la actividad económica? Si tu compañía está lanzando el mensaje de la reapertura y la vuelta a la normalidad mientras el número de casos sigue multiplicándose en todo el mundo, ten cuidado: los consumidores no olvidan fácilmente, y otras empresas, como Apple, están haciendo exactamente lo contrario. Si como en España, llevados por las prisas por reabrir un mercado turístico del que depende en gran medida la economía del país, nos dedicamos a importar casos de países en los que la infección está aún en fase ascendente, seguramente lo pagaremos muy caro.

Pocas veces un aprendizaje fue tan difícil y tan caro. Pero al final, mucho me temo que tendremos que aceptar dos grandes verdades: la primera, que nunca volveremos a la normalidad, sino que tendremos que construir otra normalidad completamente diferente. Y seguramente, esa normalidad conlleve interpretar la economía o el trabajo de maneras muy distintas a como lo entendíamos, desaprender algunos de los axiomas que llevamos décadas tomando como verdades absolutas. De hecho, contrariamente al pensamiento general, es muy posible que no estemos siquiera esperando a tener un tratamiento o una vacuna que nos permita volver a la normalidad, porque volver a lo que era insostenible nos llevará de nuevo a una situación de insostenibilidad.

No, esto no se ha terminado. Nos queda aún mucho por desaprender.



Enrique Dans
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