Elon Musk y el ancho de banda (mental) del emprendedor

IMAGE: Mohamed Hassan - Pixabay

La noticia de que Elon Musk podría estar reconsiderando su oferta de adquisición de Twitter, tras haber sacudido al mundo con la noticia, tiene más que ver con el temor de los accionistas de una de sus compañías bandera, Tesla, que con el porcentaje de cuentas falsas que Twitter pueda tener o dejar de tener, que es el motivo oficialmente alegado por Musk.

Desde que Elon Musk formuló su oferta y obtuvo la financiación necesaria para ella, las acciones de Tesla, utilizadas como colateral de la deuda asumida para la adquisición, han descendido casi un 40%. En el contexto de un mercado fuertemente bajista, ese 40% está más o menos en sintonía con el descenso de la mayoría de las compañías tecnológicas – no olvidemos que Tesla, nos pongamos como nos pongamos, está muy lejos de ser una compañía de automoción y se parece mucho más en su forma de hacer las cosas y en sus valores fundamentales a una empresa tecnológica – que han perdido, en menos de una semana, un total de más de un billón de dólares en capitalización, lo que lleva a que los motivos para ese descenso sean múltiples.

Pero además de la coyuntura a la baja del mercado en su conjunto, hablamos de unos accionistas de Tesla que, aparentemente, temen la dilución que para la compañía puede suponer el hecho de que Musk tenga de dedicarse a gestionar ya no solo SpaceX y Tesla (además de otros proyectos más pequeños como The Boring Company, Neuralink y OpenAI), sino ahora, también, una compañía con «muchas cosas que hacer», en función de la cantidad de cambios que Musk ha ido insinuando en poco tiempo, como Twitter.

¿Es un problema para Tesla que Elon Musk divida su atención al incluir a otra compañía más en su portfolio? Obviamente, podría serlo, y no son pocos los casos en los que algunos directivos han intentado abarcar más de lo que parecía razonable y han terminado haciendo un papel discreto con ello. Sin embargo, el caso de Musk parece diferente: a todas luces, hablamos de una persona que necesita un nivel de motivación muy especial para sus proyectos, nivel de motivación que surge, fundamentalmente, de los grandes retos. ¿Salvar a la humanidad y convertirla en una especie multiplanetaria? ¡Impresionante, alguien tiene que hacerlo! ¿Lanzar cohetes y cambiar completamente las economías de la industria? Genial, vamos a por ello. ¿Conseguir que los coches eléctricos sean no solo muy buenos, sino que además, se conviertan en un objeto de deseo hasta el punto de que algunos analistas los consideren los mejores automóviles jamás construidos? Brutalmente motivador. ¿Conseguir cambiar el panorama de la industria del automóvil para que todas las compañías se vean obligadas a electrificarse? Impresionante, como para dedicarle muchísima atención.

Ahora, Musk se encuentra con otro desafío importantísimo: conseguir que su juguete favorito, Twitter, al que debe buena parte de la cuota de atención que obtiene, se convierta en una herramienta que glorifique la libertad de expresión y que funcione en modo código abierto, es decir, generando confianza en que no existe ningún tipo de «mano negra» que censura contenidos en función de una agenda determinada, mientras, además, reduce su dependencia de la publicidad. Como plan, es de los que, definitivamente, motivan a Musk. Tanto como para meterse en él de cabeza sin tener siquiera un plan de negocio como tal. Y en ese sentido, los accionistas de Tesla temen que su directivo fundamental, el que ha convertido la compañía en la más valiosa de su teórica industria, diluya su atención, y que la compañía pase a funcionar más «en piloto automático».

En la práctica, no es así: quienes conocen a Musk saben que, en realidad, Tesla o SpaceX ya no son proyectos que demanden toda su atención, sino que son, en ese sentido, «niños mayores que ya saben andar». Y cuando los niños ya andan, Musk es perfectamente capaz de ponerlos en manos de otras personas, de un equipo de pretorianos guardianes de su ortodoxia, y de hacerlos funcionar con un nivel de supervisión relativamente bajo. De hecho, Musk no puede, por su propia forma de ser, dedicarse a dirigir una compañía en el día a día. Simplemente, no está programado de esa manera.

En realidad, que Musk ponga ahora de repente la operación de Twitter en la nevera se debe únicamente a que los temores de los accionistas de Tesla, combinados con la bajada generalizada del mercado de las tecnológicas, han provocado que la acción baje casi un 40%. Y que si la acción baja más de un 40%, las condiciones que ha firmado para la financiación de la operación de Twitter establecen que, con la pérdida de valor del colateral, Musk debería pagar la totalidad de la deuda, algo que desequilibraría incluso las finanzas del hombre más rico del mundo.

Esa, y no otra, es la razón por la cual Musk ha puesto la operación en la nevera. Que posiblemente, su ambición, en el medio de una coyuntura bajista, ha sido más de lo que hasta el propio Musk puede masticar sin dejarse algunos dientes. Y que te gusten los retos no quiere decir que seas tonto o que permitas que una coyuntura bajista, unida a los temores de quienes no son capaces de entender tu manera de gestionar, te terminen dejando fuera de alguna de las fiestas que has conseguido montar, y pongan en peligro proyectos que ya estaban funcionando fantásticamente bien.

Incluso a nivel de una persona tan peculiar como Elon Musk, eso se llama sentido común. Y aunque parezca que no y aunque sea el menos común de los sentidos, Musk lo tiene. ¿Twitter, un proyecto motivador? Sin duda. Pero no como para cargarte buena parte de lo que ya habías construido antes. Al final, si no se puede, no se puede. If you love somebody, set them free… Tampoco es la primera vez que Twitter se queda plantada ante el altar.

Ya veremos cómo acaba lo de Twitter.


Enrique Dans
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