El reto de diagnosticar COVID-19 automáticamente

IMAGE: Northwestern University

Un grupo de investigación de la Northwestern University y de Shirley Ryan AbilityLab ha desarrollado un wearable que se adhiere a la zona blanda de la garganta, en la zona supraesternal justo encima de la clavícula, con aspecto de una tirita gruesa y el tamaño aproximado de un sello postal, que puede utilizarse continuamente, y genera un flujo continuo de datos sobre la intensidad y los patrones de tos, los movimientos de la pared torácica (que indican respiración dificultosa o irregular), los sonidos respiratorios, la frecuencia cardíaca y la temperatura corporal.

El dispositivo evalúa esos parámetros sin necesidad de un micrófono, que habría provocado numerosos problemas de ruido ambiente y de privacidad, y utiliza en su lugar un acelerómetro de tres ejes de gran ancho de banda que mide el movimiento de la superficie de la piel.

Una vez al día, el usuario despega el parche y lo coloca sobre un cargador inalámbrico, momento en el que sincroniza los datos almacenados con un iPad. A partir de ahí, los datos son transmitidos de forma inalámbrica a una nube segura, donde son analizados por algoritmos automatizados que buscan posibles anomalías relacionadas con COVID-19, y producen una serie de resúmenes gráficos que facilitan la monitorización de forma rápida y remota. El dispositivo está completamente sellado y no tiene puertos externos para alimentación o conectividad, lo que posibilita una desinfección rutinaria y sencilla.

Otros grupos de investigadores en Harvard, MIT y Carnegie Mellon trabajan en la detección de COVID-19 a partir de patrones de voz. El análisis de los sonidos de la tos como elemento diagnóstico en patologías respiratorias no es en absoluto nuevo, y la incorporación de algoritmos podría convertirlo en un potente mecanismo para la detección y monitorización de la enfermedad.

En otra investigación relacionada, se utilizan wearables sencillos de Fitbit para monitorizar parámetros de ritmo cardíaco y temperatura y tratar de detectar signos tempranos de infección que podrían alertar al paciente antes incluso de que se detecten los primeros síntomas respiratorios.

A medida que la fase de confinamiento termina en más países, crece el interés por el desarrollo de pruebas diagnósticas que permitan detectar la enfermedad antes de que sus portadores se conviertan en vectores de la misma al continuar con su vida normal. Hablamos de una enfermedad cuyos síntomas pueden confundirse con muchas otras, desde simples catarros hasta alergias, y que por lo elevado de su transmisibilidad, puede convertir en compleja la administración de tests.

Los esfuerzos para diagnosticar COVID-19 están claramente marcando la dirección de lo que va a ser la medicina preventiva del futuro: tratar, mediante la captación de datos con sensores de todo tipo incorporados en wearables o en otro tipo de dispositivos, de incorporar análisis algorítmico para diagnosticar patologías antes de que se revelen en forma de síntomas conspicuos, ahorrando tanto sufrimiento al paciente como costes a los sistemas de salud. Pero por el momento, con que nos ahorre simplemente un cierto nivel de incertidumbre, ya habrán compensado suficientemente su desarrollo.



Enrique Dans
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