Después de la pandemia

IMAGE: Face mask

Aunque ahora nos parezca difícil, la actual situación de confinamiento derivada de la pandemia terminará. Un día, cuando los números así lo indiquen, dejaremos nuestras mascarillas sobre la mesa y saldremos de nuevo a la calle, reactivaremos la economía y volveremos a reconstruir parte de nuestras rutinas. ¿Todas?

¿Qué aspecto tendrá el mundo después de la pandemia? Por ahora, sabemos que el impacto sobre la economía de los diferentes países no será el mismo, y es algo que ya comentamos en su momento: la enorme importancia de la prueba diagnóstica: los países que, como Corea del Sur o Singapur, trataron de ofrecer pruebas diagnósticas a cuantos ciudadanos fuera posible, se encontraron con que no tenía sentido someter a confinamiento a todos aquellos que ya hubiesen pasado la enfermedad, independientemente de que sus síntomas hubiesen sido más o menos severos. Hablamos de un virus cuyo genoma varía aparentemente muy poco y de manera poco significativa, lo que sugiere que en aquellos que ya hayan desarrollado anticuerpos, la reinfección no será habitual, y que la eficiencia de una próxima vacuna, cuando sea desarrollada, será probablemente elevada.

Mientras esa vacuna no esté disponible, será fundamental poder identificar quiénes pueden moverse con libertad y quienes, como es el caso de las personas de edad avanzada o con complicaciones previas, deberán mantener medidas de protección. Así, Alemania anuncia que expedirá certificados a personas que posean anticuerpos contra el coronavirus y que, por tanto, podrán reincorporarse inmediatamente a la sociedad y a la vida productiva. Independientemente de si adquirir esos anticuerpos hayan costado al ciudadano prácticamente nada por haber sido asintomáticos, o padecimientos importantes, no cabe duda de que, en el escenario que se abrirá tras la pandemia, quienes tengan anticuerpos podrán gozar de unas ciertas ventajas y de una libertad de movimientos que otros no tendrán.

La pregunta, cada vez más, ya no es si volveremos a la normalidad tras la pandemia, sino si realmente queremos volver a la normalidad. ¿Queremos volver a ciudades colapsadas, a niveles de contaminación elevados, a un sistema de salud ineficiente o a una enseñanza con la que pocos parecían contentos? ¿No deberían permitir las enseñanzas obtenidas durante el período de confinamiento y lucha contra el COVID-19 introducir cambios en nuestra sociedad?

Si muchas compañías se han visto obligadas a poner a prueba el teletrabajo, ¿no deberían, terminada la emergencia, pasar a ofrecer a sus trabajadores sistemas flexibles que les permitan llevar a cabo partes de su trabajo desde su casa, en un clima de confianza que les permita, por ejemplo, evitar las clásicas horas punta en los desplazamientos, ser más productivos al reducir esos tiempos inútiles y reducir la contaminación?

Si hemos podido ver ciudades limpias y niveles de contaminación anormalmente reducidos… ¿no sería interesante plantearse qué podemos hacer para que se mantengan así? ¿No sería bueno acelerar los plazos de retirada de tecnologías nocivas y reconstruir nuestras economías en base a la inversión en tecnologías limpias?

Si hemos visto que los esquemas de protección social fallan ante un fenómeno intrínsecamente global como una pandemia, ¿no deberíamos plantearnos cómo construir un sistema económico más resiliente, que proteja más a todos los integrantes de la sociedad incluidos los más desfavorecidos, y basado en esquemas vinculados con la renta básica incondicional?

Si muchas instituciones educativas han puesto a prueba sistemas de e-learning, ¿no deberían replantear sus esquemas para permitir, por ejemplo, que mejore la eficiencia en comunicación, los sistemas de evaluación o, ya puestos, la posibilidad de que cualquier alumno, ante una simple gripe, pueda quedarse en su casa sin infectar a sus compañeros y pueda asistir a sus clases remotamente sin perder materia ni posibilidad de interacción? ¿No debería ser esta crisis una señal de alarma sobre las muchas cosas que debemos cambiar en la educación?

Si tenemos una sanidad que desperdicia absurdamente recursos con consultas que únicamente sirven para pedir al paciente que se haga una prueba, o para que enseñe al médico los resultados de una analítica, ¿no deberíamos desarrollar al máximo la telemedicina para que las rutinas pudiesen llevarse a cabo de forma más eficiente? ¿O introducir la monitorización de parámetros de salud y su supervisión algorítmica para poder detectar más fácilmente situaciones de alteración de la salud pública, con la tranquilidad de que esa información no es explotada para otras cuestiones?

El trabajo, el medio ambiente, la economía, la enseñanza o la medicina solo cinco ejemplos de cosas que deberían cambiar tras esta pandemia, tras esta crisis. Planteémonoslo exactamente así: realmente queremos «volver a la normalidad» tras esta crisis? ¿Tanto nos gustaba aquella normalidad? Y ya que hemos roto con ella debido a la pandemia, ya que hemos sido capaces de pararnos completamente… ¿por qué no aprovechar para redefinirla?



Enrique Dans
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