¿Demandan situaciones excepcionales medidas excepcionales?

IMAGE: COVID-19 Exceptional measures

El caso de Milo Hsieh, un estudiante taiwanés residente en Washington que estaba temporalmente estudiando en Bélgica, me inspira de nuevo para escribir sobre los derechos civiles en momentos excepcionales, y sobre lo que podemos estar dispuestos a aceptar como sociedad cuando el compromiso es entre esos derechos y nuestra salud.

Tal y como cuenta la BBC, Milo Hsieh decidió volver a Taiwan al ver que la universidad en la que estaba en Bélgica cancelaba su el programa que estaba cursando. Al volver, se encontró con que las autoridades taiwanesas, por el hecho de venir de Europa, lo obligaban a permanecer en cuarentena en su domicilio durante 14 días, además de avisarle claramente que su teléfono sería rastreado digitalmente para asegurarse del cumplimiento de la misma, del mismo modo que suele hacerse con los delincuentes, pero sin necesidad de orden judicial. Para llegar a su casa desde el aeropuerto, dado que tenía totalmente prohibido utilizar transporte público, tuvo que utilizar obligatoriamente un «taxi de cuarentena» especialmente equipado para ello, y se le notificó que durante las próximas dos semanas, ni él ni su familia podrían poner un pie fuera de su casa, ni siquiera para salir a comprar.

Hablamos de Taiwan, un país clasificado como el 31 del mundo en el Democracy Index. Por debajo del 23, esa clasificación considera a los países como «democracias imperfectas», pero en el caso de Taiwan, aunque tenga sus problemas, hablamos de un país que se considera que respeta los derechos civiles de sus ciudadanos. Y sin embargo, cuando el smartphone de Milo Hsieh se quedó sin batería a las 7:30 de la mañana, cuatro representantes de distintas agencias locales le llamaron en menos de una hora, y se envió inmediatamente una patrulla a su casa para comprobar si estaba en ella, y un mensaje de texto notificándole que habían perdido su señal y avisándole de posibles sanciones o incluso arresto si había quebrantado su cuarentena.

Semejantes medidas serían seguramente calificadas como de demenciales y dictatoriales en cualquier sitio en circunstancias normales. Sin embargo, ¿cómo debemos considerarlas en pleno estado de alarma por la expansión del coronavirus? Indudablemente, una pandemia global modifica los compromisos que establecemos entre la privacidad y los derechos sociales, y los resultados que Taiwan está obteniendo gracias a una política tan rígida como esa están a la vista: no solo mantiene un nivel muy bajo de infecciones y de muertes, sino que, además, es capaz de seguir manteniendo su economía en funcionamiento a un cierto nivel. Si comparamos esas medidas con las que se toman en países europeos, entendemos por qué la infección está probándose tan difícil de poner bajo control: es que realmente, nuestras medidas no son un control, son prácticamente «consejos». Y además, hay un número desproporcionado de ignorantes y de irresponsables no dispuestos a aceptarlos de buena gana.

Ante una pandemia, las plataformas digitales, por ejemplo, toman decisiones de moderación de contenidos que en otros momentos consideraríamos seguramente como inaceptables y tildaríamos como censura. Las compañías de contenidos reducen su calidad para evitar la saturación de las redes, y volvemos a revivir los tiempos en los que los píxeles en los vídeos eran grandes como puños. De acuerdo, no es lo mismo reducir la calidad de unos contenidos o moderarlos que poner a toda la población bajo vigilancia permanente: lo primer es una simple incomodidad, lo segundo ya es censura, y lo tercero es una abierta violación de la privacidad y los derechos civiles. Pero la pregunta sigue siendo la que es: ¿debería ser justificable en función de un beneficio como la salud, ya no de los individuos, sino de la sociedad en su conjunto?

¿Qué lleva a muchas personas a considerar un nivel de control así completamente inaceptable? Fundamentalmente, el miedo a que, una vez establecidas esas medidas debido a la excepcionalidad del momento, las autoridades puedan decidir mantenerlas cuando la situación excepcional haya concluido. Los derechos civiles que tenemos no se obtuvieron fácilmente, hubo que lucharlos, y la posibilidad de perderlos puede resultar, obviamente, muy alarmante.

Pongamos las cosas en contexto: que te confinen en tu casa ya es, visto así, una enorme violación de tus derechos civiles. Que aceptamos, lógicamente, porque lo entendemos (la mayoría) como un acto de civismo y para evitar males mayores cuya gravedad entendemos todos, pero que no son, obviamente, de buen gusto (llevo ya quince días encerrado y solo me falta ya empezar a hacerme tatuajes con la punta de un cuchillo). Además, nadie en su sano juicio piensa, lógicamente, que las autoridades vayan a pensar en la posibilidad de extender las medidas de confinamiento más allá de lo necesario. Cuando hablamos de otras medidas, como la monitorización mediante tecnología, la cosa, sin embargo, cambia, porque ese tipo de medidas, que hasta hace pocos años simplemente no eran técnicamente posibles, aún no están tan claramente fijadas o establecidas en el contrato social – o porque hemos visto como algunos gobiernos las violaban sistemáticamente. Sin embargo, hablamos de medidas que, bien empleadas, podrían contribuir en mucho al control de la pandemia, como de hecho están probando en otros países. Singapur, de hecho, ha liberado el código de la app que están empleando para el control de su población durante la pandemia, que ha obtenido fantásticos resultados.

Hablamos de medidas obviamente duras, que de nuevo, jamás podríamos aceptar en una situación diferente. Pero sobre todo, de medidas que pueden tener un valor importantísimo cuando la situación actual comience a suavizarse, cuando empecemos a poder salir de nuestras casas, e intentemos reanudar nuestra actividad. En ese momento, contar con un sistema que nos permita saber quién puede moverse, quien no puede hacerlo bajo ningún concepto, quién ha pasado la enfermedad y quién aún está en riesgo de contraerla es algo que puede llegar a aportarnos muchas interesantes posibilidades.

Llevo media vida siendo un defensor a ultranza de los derechos civiles y de la privacidad. Pero ante una situación como la actual, creo que es muy importante preguntarse, como ya hice en dos entradas anteriores, en qué momento las situaciones excepcionales deberían pasar a justificar medidas excepcionales…



Enrique Dans
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