Dando clase en las nubes

IMAGE: Krzysztof-m - Pixabay (CC0)

Desde que comenzó el confinamiento y desplacé todas mis clases a la red, he experimentado una gran cantidad de cambios, algunos de ellos sumamente obvios, otros no tanto. Aunque, como muchos de mis compañeros de claustro, llevo impartiendo clases online de manera regular desde el año 2000 y pertenezco a una institución con una estrategia clara y exitosa con respecto a la enseñanza en la red, la gran mayoría de esas clases seguían una metodología de foro, un formato asíncrono en el que las discusiones ganaban sensiblemente en calidad y profundidad con respecto a las que tenían lugar en una clase presencial, pero que tenía una importante diferencia con respecto a ellas: no podían transcurrir en tan solo hora y media, duración habitual de las clases en una institución como IE University (en realidad, 80 minutos contando con diez minutos de descanso entre sesiones).

Eso hizo que optásemos por un formato de vídeo enriquecido, que también utilizábamos desde hacía tiempo, aunque de manera menos habitual: así, las clases podían seguir celebrándose sin cambios con respecto a la planificación original entregada a los alumnos, y podían seguir durando sus 80 minutos. Además, permitían que la interacción se pareciese razonablemente a la de una clase presencial: viéndonos las caras, con posibilidad de interrumpir, de levantar la mano, de dividir la clase en grupos de trabajo, o de utilizar una presentación u otros documentos, como una hoja de cálculo en finanzas, etc.

Ahí precisamente vino uno de los cambios que más me ha llamado la atención: la transición a la nube. Habitualmente, en clases y conferencias, utilizo Keynote para mis presentaciones: me gusta la herramienta, llevo mucho tiempo utilizándola, y me permite un equilibrio interesante entre la facilidad de uso y una vistosidad muy razonable. Sin embargo, al comenzar mis clases a través de la red tras el inicio de la pandemia, caí inmediatamente en la cuenta de que toda la vistosidad que aportaba Keynote, de repente, sobraba: las composiciones, los efectos o las transiciones, cuando las reproducías en tu pantalla y las compartías, se convertían en algo entre lo pixeladamente patético y lo inútil. La jerarquía de necesidades cambió: lo importante ahora era que la presentación se moviese rápido y se viese bien, que fuese funcional, que mostrase su contenido de manera eficiente, en lugar de perderse en preciosismos estéticos.

¿La solución? Digna del Capitán Obvio: llevarme mis presentaciones a Google Slides. ¿Por qué? Muy sencillo: porque al tener mi presentación en la nube, cada participante pasa a descargarla desde el servidor de Google, no desde la conexión de mi ordenador. Parece una perogrullada, pero la diferencia es brutal. Podría considerar otras opciones, como Prezi o Slideshare, pero en mi caso, simplemente tenía más familiaridad con Google Slides, cuya curva de aprendizaje es, por otro lado, prácticamente nula: cualquiera puede ponerse a utilizarlo en menos de diez minutos. Y además, el compartir directamente una presentación desde Google Slides es una opción directa, sencilla y disponible tanto en Zoom como en el software de desarrollo propio que empleamos en el IE, la WoW Room: introduces el enlace de la presentación en la herramienta, y listo.

Otro elemento que utilizo habitualmente en mis clases son los vídeos. Y de nuevo, la idea de reproducir un vídeo en mi pantalla compartida era claramente un desastre: lo que los alumnos recibían al otro lado se pixelaba con frecuencia, se entrecortaba el sonido o se veía con una calidad manifiestamente mejorable. De nuevo, la solución, en este caso aún más obvia, fue subir el vídeo a la nube, a YouTube o a Vimeo (si es que no estaba ya allí), y compartirlo desde esa plataforma, para que todo dependiese de la conexión del alumno, no de la mía. Si su conexión les permite ver un vídeo en YouTube, ya es suficiente para que experimenten la clase con normalidad. Obvio, sí, pero si no te das cuenta, te pasarás alguna sesión maldiciendo a los dioses del ancho de banda, y tanto tus alumnos como tú tendréis una mala experiencia.

Si empleas tu ancho de banda en transmitir tu propio vídeo mientras hablas, que tiende a ser intensivo en su uso, dejas poco disponible para el resto de recursos que quieras emplear. Si puedes ubicarlos en la nube, solución sencilla y obvia, es posible que ganes bastante calidad con ello. Plantéatelo. Todo lo que puedas llevarte a la nube, está seguramente mejor allí que en tu máquina local.

Acabo de recibir mi encuesta de profesor del primer grupo que experimentó el cambio, en el medio de su curso, de clases presenciales a clases online: un 4.86 sobre 5, y numerosos comentarios elogiosos. No puedo estar más contento. Aquí me tenéis, tras treinta años de experiencia docente, dando clase en las nubes… 🙂



Enrique Dans
Enlace: Dando clase en las nubes

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies