Bicicletas, ciudades y futuro

IMAGE: Microsiervos Geek Crew - CC BY

El pasado marzo, cuando la ciudad de Londres trató de mejorar la movilidad de los trabajadores de su sistema nacional de salud, les hizo una propuesta muy interesante: entregarles en préstamo bicicletas eléctricas. La idea podría parecer anecdótica… de no ser por las evidencias que muestran que moverse en bicicleta eléctrica en muchas ciudades británicas es significativamente más rápido que hacerlo en automóvil, y que además, cuantas más personas optan por esa opción, más mejora la movilidad en su conjunto.

La pandemia de COVID-19 está probando ser una interesantísima oportunidad para remodelar la movilidad en las ciudades, y para hacerlo concretamente en torno a diseños centrados en la bicicleta eléctrica: posicionadas como una alternativa al transporte público en un momento en el que se intenta mantener la distancia social, algunos informes sitúan a la bicicleta eléctrica como la alternativa ideal para el futuro del transporte urbano.

Los programas de bike-sharing, incluidos ya en las aplicaciones de movilidad como Google Maps o CityMapper, se están convirtiendo en los grandes triunfadores: diez años de datos sobre su uso demuestran que su implantación incrementa el uso de la bicicleta como medio de transporte habitual en torno a un 20%, e invitan a los gestores municipales a pensar en grande cuando se planifican las infraestructuras destinadas a su uso. La movilidad en ciudades como París está prácticamente transformándose gracias al ambicioso programa de construcción de carriles bici emprendido por su alcaldesa Anne Hidalgo, mientras los mitos tradicionales que acusaban a esos carriles de ser poco utilizados, de incrementar los atascos o de ser muy costosos caen progresivamente.

La clave, obviamente, está en el rediseño de las ciudades. No tiene sentido que la opción de utilizar una bicicleta tenga que conllevar necesariamente el pasar miedo. Además de los casos habitualmente citados de las ciudades holandesas, la bicicleta está incrementando su uso incluso en países muy fríos, y con el añadido del motor eléctrico, se convierte en una alternativa muy razonable para llegar al trabajo sin tener que sudar. Recordemos que nadie pretende hacer las bicicletas obligatorias ni que tus abuelos las utilicen, pero si se consigue desplazar una parte razonablemente significativa del tráfico habitual hacia su uso desincentivando el automóvil mediante el cierre de calles, la construcción de carriles bici delimitados, la restricción del aparcamiento en superficie y otro tipo de acciones de urbanismo táctico, la ganancia potencial puede ser muy elevada.

Que las ciudades no sean necesariamente espacios que envenenan sistemáticamente a sus habitantes es fundamentalmente una cuestión de planificación. La pandemia ha demostrado no solo la relación entre la gravedad de las infecciones respiratorias y la calidad del aire, sino que además, nos ha puesto en una mentalidad de apertura a los cambios, de disposición a aceptar modificaciones en nuestras rutinas y estilo de vida. Es el momento perfecto para ser audaz y plantear cambios que de verdad mejoren la calidad de vida de los ciudadanos.



Enrique Dans
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