Aprender de las malas experiencias, mi columna en Invertia

IMAGE: Activity vs. contagion (Kiko Llaneras)

Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Aprender de las malas experiencias» (pdf), y pretende extraer algún tipo de aprendizaje de los muchos errores cometidos en la gestión de la pandemia en nuestro país para rediseñar nuestro tan mundialmente alabado sistema de salud para orientarlo hacia un modelo preventivo.

Ilustro con la gráfica que Kiko Llaneras compartió en Twitter, que muestra la evolución de la actividad en el país frente a la evolución de los contagios y los fallecimientos, y que me ha parecido especialmente clara: lo que pretendemos ahora es elevar la actividad, la serie en azul, mientras mantenemos descendente las series de color naranja. Para ello, las herramientas utilizadas en la mayoría de los países se han apoyado en la tecnología, particularmente en un fuerte incremento del número de tests diagnósticos (cuya enorme importancia comentamos a principios de marzo) y donde la gestión de nuestro país ha sido especialmente mala, y en aplicaciones de trazabilidad de contactos o, en su defecto, de los llamados «rastreadores«, que registran manualmente los contactos que las personas infectadas declaran haber tenido.

En el caso de España, la mala gestión de la crisis que nos ha llevado a convertirnos en uno de los países que el mundo evoca como epicentro de la pandemia parece querer continuar ahora en la fase de desescalada: sin apoyarnos en la tecnología, en los tests ni en las aplicaciones de trazabilidad, lo único que podemos hacer es encomendarnos al sol y al buen tiempo, y esperar a tener síntomas – y a habernos pasado en consecuencia muchos días contagiando a las personas con las que hemos interaccionado – para confinarnos de nuevo o, en caso de necesidad, acudir a un hospital. Fiar las cosas a ese extremo me parece algo muy poco digno de un país desarrollado, y que sin duda, podría gestionarse mucho mejor.

Pero más aún, me interesa mirar al futuro: como comentaba en mi artículo de ayer, las posibilidades de mejorar el cuidado de la salud gracias a la tecnología son muy elevadas, y una pandemia es el momento adecuado para darse cuenta de la importancia de ese tipo de soluciones, que habrían permitido gestionar una emergencia de salud pública de manera muchísimo más ventajosa y razonable. ¿Qué habría pasado si hubiésemos podido identificar y trazar el inicio de la pandemia gracias a las lecturas de los wearables de los primeros afectados, si hubiésemos podido diagnosticarlos gracias al sonido de su tos, o si pudiésemos prevenir rápidamente a todos los que han tenido contacto con ellos? Y más allá de la pandemia, ¿cuánto sufrimiento y dinero puede ahorrarse identificando muchas dolencias en sus fases iniciales?

Si conseguimos incorporar ese tipo de tecnologías diagnósticas en nuestros sistemas de salud, si evitamos el pensamiento anticuado que cree que no puede hacerse porque ese tipo de dispositivos carecen de la suficiente precisión (ignorando los principios estadísticos más básicos), si dejamos de interpretarlos como simple hipocondría, y si ponemos a los algoritmos a trabajar con los datos de toda la población, tendremos muchísimo que ganar en términos de salud pública. A ver si el miedo a la pandemia nos pone las pilas con ese tema y nos permite otorgarle la importancia que realmente tiene.



Enrique Dans
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